Por Carlos Valverde Reyes, egresado de la Facultad de Derecho de la PUCP

En el texto “Derecho y Literatura: aspectos teóricos”[1], el profesor Lorenzo Zolezzi sostiene que la atracción que sentimos por los juicios podría tener tres causas[2]. La primera, relacionada al placer morboso que los seres humanos sentimos por el dolor ajeno. La segunda, vinculada a la vida como un proceso: un espacio donde nuestros pensamientos más profundos afloran, más allá de las normas que nos gobiernan. Y la tercera, tomada de Richard Posner, ligada a la escisión que existe entre las leyes y la realidad que vuelve al Derecho un fenómeno impredecible, tal como la existencia misma.

Además de estas tres posturas que sugiere el profesor, queremos agregar una más. Sustentaremos que las personas podrían sentirse atraídas por los juicios porque es un forma de explorar nuestra tendencia al horror, es decir, la inclinación a cometer actos violentos en contra de otros mediados por ciertos estímulos, como el tedio o el aburrimiento generalizado e intenso.

Para ello, tendremos una excusa literaria perfecta: el poema “El viaje” de Charles Baudelaire. Esto se hará con la intención de darle una mirada psicoanalítica a aquello que, en términos latos, denominamos impulsos humanos que decantan, en ciertas circunstancias, a la barbarie. Este pequeño recorrido nos permitirá, finalmente, posicionar al Derecho como una herramienta que cumple una función profiláctica y preventiva de estas conductas.

  1. “El viaje” de Charles Baudelaire: una profecía del horror

Más allá de analizar toda la composición del poema “El viaje” de Charles Baudelaire (1821-1867)[3], nos centraremos en un solo verso, cuyo contenido en francés, la lengua original del texto, es el siguiente: “Une oasis de d´horreur dans un désert d’ennui!”. De las diversas traducciones que existen de este fragmento[4], usaremos la sugerida por Roberto Bolaño en el epígrafe de la novela “2666”: “Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”[5].

Del verso, nos interesa resaltar las menciones al “oasis de horror” y al “desierto de aburrimiento”. El autor pareciera deslizar la idea de que el horror humano puede convertirse en un lugar de expiación, allí donde el aburrimiento vital es prolongado. Dicho de otro modo, una vida hedónica, sin mayores sobresaltos ni desafíos, a la larga podría conducir a la maleficencia o, peor aún, arrastrar a todo un grupo humano a ella.

Esta apreciación necesariamente debe ser ubicada en el contexto social en el que Baudelaire escribió. A mediados del siglo XIX, se impuso el mito del progreso como un estandarte de la modernidad, hasta el punto de parecerse a una religión. Los avances científicos, técnicos; la aparición del ferrocarril, la luz a gas; sumados al auge de la industrialización y el enriquecimiento económico provocaron en la gente, entre ellos muchos intelectuales, la fe ciega en el avance irrefrenable del bienestar y la felicidad[6]. Sin embargo, otros, como Baudelaire, creían que el progreso que experimentaba la sociedad europea no implicaba un progreso moral[7].

Es en esta efervescencia cultural que, a modo de crítica, el poeta escribe “El viaje”. De esta forma, el autor expresa “su miedo metafísico por el alma de la humanidad, Baudelaire, sin duda, arremetió una vez más contra la vana creencia en el progreso que caracterizó su siglo. No hay progreso en las áreas más importantes: la naturaleza humana”[8].

En ese sentido, el autor de “Las flores del mal” considera al aburrimiento un terrible pecado[9], hilo que podría conducir a atrocidades, gestadas en ese estado del ser, después de llegar a un “hastío por las cosas, es decir, el deseo insaciable”[10].

Pero no solo el poema tiene un matiz crítico del mito del progreso, sino que también sirve de advertencia, de profecía. Por eso consideramos que Baudelaire visionó la llegada, décadas después, de la barbarie en la primera y la segunda guerra mundial. Ambos hechos históricos nos demostraron que el progreso material y moral va por cuerdas separadas. En tal circunstancia, el horror se manifiesta “no como un espantoso lugar del que huimos, sino como un sitio al que vamos a encontrarnos con nosotros mismos, con nuestra verdadera naturaleza”[11]. En definitiva, el horror quizá sea “la única manera que tenemos de acceder a esa parte oculta de nuestro ser”[12].

Finalmente, creemos que Baudelaire abrió una veta temática en el arte del siglo XX, con artistas que, gracias a él, se interesaron y se hicieron cargo por medio de la estética de “las llagas de aquel Horror fundamental, y que es también el ‘horror’ de la Historia.”[13].

2.  Una breve mirada psicoanalítica de la violencia

De acuerdo a Sierra y Wankiewicz[14], luego de revisar el texto de Freud y otros autores, el ser humano posee dos pulsiones adversas: de vida (tendiente a la preservación de la vida y a la reunión en grupos) y la de muerte (que busca disolver las uniones sociales y reconducirlas a un estado inicial).

Si bien ambas pulsiones se contraponen entre sí, son también complementarias en el desarrollo de los fenómenos de la vida, por ejemplo, algunos vínculos de amor y ternura pueden estar compuestos  de tendencias violentas, sobre todo cuando estas se ponen en riesgo[15].

El espacio natural donde las pulsiones de vida y de muerte entran en pugna se haya en la cultura. Allí pueden desenvolverse diversas expresiones de odio, rechazo y destrucción. Si estas manifestaciones propias de las pulsiones de muerte estuvieran presentes en forma exacerbada podrían poner en riesgo la edificación de la cultura y, por tanto, del entramado social[16].

Por otro lado, tan peligrosa puede ser la violencia que puede convertirse en placer y goce. Al respecto, Hibbett, citando a Lacan, sostiene que la violencia incontrolable ejercida por una persona puede acarrear “una sensación que no excluye el sufrimiento, porque se deriva de un intento repetido y siempre fallido de alcanzar un mítico goce pleno que la psique supone que alguna vez perdimos, un goce de una imaginada existencia anterior (…)”[17]. En esa medida, refiere la autora, “alcanzar la plenitud perdida puede (…) convertirse en algo sumamente destructivo del sujeto mismo y de los demás”[18], porque el perpetrador se inserta en una espiral de sufrimiento y placer que no le permite superar el horror, mientras que la víctima pierde la calidad de “sujeto” y se vuelve un “objeto” sometido a los designios del otro[19].

Es por estas razones que la garantía de la existencia de la vida en sociedad requiere una cuota de represión de estas pulsiones. Este ejercicio es posible porque la inserción en la cultura brinda seguridad y protección a cambio de renunciar a la satisfacción de nuestros impulsos violentos. El mecanismo que permite la adecuación a la vida social es el derecho, a través de leyes que limiten la satisfacción de nuestras conductas más destructivas, a través de la centralización de la violencia individual en un solo cuerpo social legitimado, fundado en un orden jurídico justo, que no dé pie a la desinstitucionalización del sujeto[20].

De lo expuesto, notamos que la naturaleza humana posee pulsiones violentas, tendientes a la destrucción propia y de los demás, lo que en buena cuenta es la exteriorización del horror, como fuente de placer. Es cierto también que la cultura, a través del derecho, puede servir de controlador de la violencia arrolladora, en un contexto de orden jurídico justo y garantista.

3.  El Derecho como una herramienta contra la barbarie

Nos parece sintomático que el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH), adoptada y proclamada el 10 de diciembre 1948 por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, aproximadamente tres años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, enfatice que “el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad” (énfasis agregado).

Que la palabra “barbarie” se inserte en un cuerpo jurídico tan importante no es gratuito. El violento paso del horror por el siglo XX hizo que en esa época sea más clara nuestra capacidad autodestructiva. Frente a esta realidad, las naciones convinieron en crear un instrumento internacional que aspirara a limitar el potencial devastador que los humanos tenemos.

Más allá del éxito o fracaso de la DUDH, es claro que tendemos a recurrir al derecho para controlar, prevenir o sancionar picos de violencia que arriesguen la supervivencia de la especie. Mucho de ello se debe al poder de coacción que el derecho ejerce, porque así “es capaz de obtener acciones conformes a la moral, mientras que estas acciones pueden ser impulsadas por motivos totalmente distintos a los morales –el miedo a la policía, por ejemplo”[21].

Pero también, en el fondo, está la convicción de que el derecho es una herramienta de cambio social, en tal sentido:

“Cuando el Congreso, en el Régimen Parlamentario, adopta, sanciona una nueva ley, al mismo tiempo modifica la conducta de la gente afectada por esa ley, es decir que si la ley es regresiva, la conducta va a ser regresiva en cierto modo; en cambio, si la ley es progresista, obliga a la gente a modernizarse, a adoptar una actitud más prosocial, etc. Esto es que el derecho no solamente refleja a la sociedad, sino que, a su vez, la cambia.”[22]

De esta comprensión del rol del derecho en la sociedad, podemos colegir que el derecho sirve, o debería servir, como un filtro previo a la exteriorización de nuestras conductas, las más leves y las más crueles, por el temor a las consecuencias negativas que se cernirían al infringirla.

No obstante, el derecho por sí mismo no tiene la capacidad de erradicar el horror, debido a que las conductas violentas son tributarias de factores exógenos. Por el contrario, el derecho puede servir de muro de contención, porque “la gente respeta la ley (moral o jurídica), pero en un sentido que ya no tiene nada que ver con el respeto que inspiran (deben o deberían inspirar) la ley moral y la dignidad humana”[23].

Por tanto, el Derecho en general y los juicios en particular cumplen un rol de prevención, control y sanción del horror, sin que por ello logre erradicarlas del ser humano, debido a que nuestra naturaleza, expuesta al tedio o aburrimiento, buscará escapar mediante acciones reprochables.

Conclusión

El fragmento analizado del poema “El viaje”, de Charles Baudelaire, nos ha permitido acercarnos al fenómeno del horror y su poder expiatorio en casos tedio o aburrimiento extremos con tres ideas: (i) el autor del poema llega a su planteamiento artístico desde la crítica al mito del progreso instaurado a mediados del siglo XIX y la preocupación por el progreso moral; (iii) el horror ocasionado por conductas violentas, tiene su base en la pulsiones de muerte que los seres humanos tenemos, controlados solamente en el escenario de la cultura por medio del mecanismo del derecho, que centraliza la violencia en el marco de un sistema jurídico justo; y, (iii) el control, prevención y sanción de las acciones violentas puede tener coto en el derecho y, particularmente, en la publicidad de los juicios.

Bibliografía

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  • Sierra, N.A., y Wankiewicks, S.D. (2016). La violencia desde el Psicoanálisis. En N.A. Sierra, D.A. Delfino, y M.V. Ruiz (Ed.), Psicoanálisis y educación: un diálogo de encuentros y desencuentros: La problemática de la violencia en la escuela (pp. 37-46). Buenos Aires: Argentina: Editorial Teseo.
  • Putman, W. (1997). Myth, Metaphor, and Music in “Le voyage”. En Thompson, W. J. Understanding Les fleurs du mal: Critical readings. Nashville: Vanderbilt University Press.
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  • Zolezzi Ibárcena, L. (2013). Derecho y Literatura: aspectos teóricos. Derecho PUCP, (70), 379-409. Recuperado a partir de http://revistas.pucp.edu.pe/index.php/derechopucp/article/view/6759

* Un especial agradecimiento a la Mg. Mariana Salas Franco por el apoyo bibliográfico en materia de psicoanálisis y, por supuesto, por el apoyo moral constante.


[1] Zolezzi Ibárcena, L. (2013). Derecho y Literatura: aspectos teóricos. Derecho PUCP, (70), 379-409. Recuperado a partir de http://revistas.pucp.edu.pe/index.php/derechopucp/article/view/6759

[2] Ídem, pp. 397-398.

[3] El poema bajo análisis forma parte del libro “Las flores del mal”, publicado por primera vez en 1857.

[4] A continuación, detallaremos algunas traducciones que vale la pena repasar. “¡[u]n oasis de horror en desierto de hastío!” en Baudelaire, C., In Verjat, A., In Martínez, . M. L., & Martínez, . M. L. (2000. Las flores del mal. Madrid: Cátedra, pp. 493; “¡un oasis de horror en un erial de hastío!” en Baudelaire, C., & Munárriz, J. (2015). Las flores del mal =: Les fleurs du mal, pp. 315. También se observan las siguientes traducciones: “¡un oasis de horror en un desierto de tedio!”; “¡un oasis de horror en desiertos de hastío! ” en Walker, C (2010). “El tono del horror: 2666 de Roberto Bolaño”. Taller de Letras, N° 46, Buenos Aires, pp 102.

[5] Bolaño, R (2004). 2666. Barcelona: Editorial Anagrama.

[6] Baudelaire, C., In Verjat, A., In Martínez, . M. L., & Martínez, . M. L. (2000. Las flores del mal. Madrid: Cátedra, pp. 11-12.

[7] Ídem

[8] La cita proviene de una traducción libre del siguiente fragmento: “besides voincing his metaphysical fear for the soul of humankind, Baudelaire was undoubtedly lashing out one more time at the vain belief in progress that caracterized his century. There is no progress in that most important areas: human nature”. En Putman, W. (1997). Myth, Metaphor, and Music in “Le voyage”. En Thompson, W. J. Understanding Les fleurs du mal: Critical readings. Nashville: Vanderbilt University Press, pp, 210.

[9] Ídem

[10] Cazorla, R. Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento. Revista “Jot Down”. Recuperado de https://www.jotdown.es/2019/06/un-oasis-de-horror-en-medio-de-un-desierto-de-aburrimiento/

[11] Ídem

[12] Ibidem

[13] Grüner, E. Arte y Terror: una cuestión moderna. En Pensamiento de los confines, Nº 18, junio de 2006, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, p. 25.

[14] Sierra, N.A., y Wankiewicks, S.D. (2016). La violencia desde el Psicoanálisis. En N.A. Sierra, D.A. Delfino, y M.V. Ruiz (Ed.), Psicoanálisis y educación: un diálogo de encuentros y desencuentros: La problemática de la violencia en la escuela (pp. 37-46). Buenos Aires: Argentina: Editorial Teseo.

[15] Ídem.

[16] Ibidem.

[17] Hibbett, A. (2016). El innombrable goce de la violencia: el testimonio de “Waldo”, mando militar de Sendero Luminoso. En F. Denegri, y A. Hibbett (Ed.), Dando cuenta: estudios sobre el etstimonio de la violencia política en el Perú (1980-2000) (pp. 157-186). Lima: Perú: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

[18] Ídem

[19] Ibidem

[20] Sierra, N.A., y Wankiewicks, S.D. (2016). La violencia desde el Psicoanálisis. En N.A. Sierra, D.A. Delfino, y M.V. Ruiz (Ed.), Psicoanálisis y educación: un diálogo de encuentros y desencuentros: La problemática de la violencia en la escuela (pp. 37-46). Buenos Aires: Argentina: Editorial Teseo.

[21] Navet, G. (2018). De la dignidad en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Revista de Filosofía -Universidad del Zulia, Volumen 74, Maracaibo, pp. 155.

[22] Bunge, M. (2000). El derecho como técnica social de control y reforma. Isonomía, (13), México, 122-137. Recuperado en 07 de diciembre de 2019, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-02182000000200122&lng=es&tlng=es.

[23] Ídem


Imagen: Adaptación de The body of Abel found by Adam and Eve” (1826) de William 
Blake, por Pedro Llerena. 

Los hechos relatados y los personajes presentados en este espacio son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Enfoque Derecho no se solidariza necesariamente con los comentarios vertidos en este espacio.

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