Por Cuerdas Separadas

Mientras esperaba la terapia de hoy, encontré una libreta debajo de la silla. Creo que se la hubiera dado al psicólogo si no se mostraba tan apático durante la sesión de hoy. Últimamente me pregunto si todo esto de la terapia tiene algún sentido. Cada vez hablo más y él menos. Se la lleva fácil.

Al final recogí la libreta y recién ahora, que llego del trabajo, pude darle una ojeada. En una página que escogí al azar decía esto:

Viernes, 27 de enero

[…] Te han dicho que la vida es tiniebla,

y en tu cansancio repites lo que dijeron los cansados.

Y yo digo que la vida sí es tinieblas salvo cuando hay impulso,

Y que todo impulso es ciego salvo cuando hay conocimiento,

Y que todo conocimiento es vano salvo cuando hay trabajo,

Y que todo trabajo es vacío salvo cuando hay amor;

Y que cuando trabajas con amor

te atas tú mismo a ti mismo, y a los otros, y a Dios.

Anoche soñé que alguien me recitaba este poema. Hubiera querido ver quién acariciaba mis oídos de esa manera. Sin embargo, a las seis en punto sonó el despertador, era hora de volver a la realidad. ¿Es mi teléfono?, me dijo una voz. Recién en ese momento recordé que no había dormido sola. No, es mi alarma, le dije. Siguió durmiendo y aproveché para contemplar su rostro. Lo besé despacio antes de irme.

Bajé del bus y me dispuse a caminar por toda la avenida Colmena. Después de haberla transitado tantas veces, ya me es más fácil identificar qué partes de la calle no huelen a orina, aunque a veces fallo y el desayuno se me avinagra. Paso por la Plaza San Martin y veo que el héroe, victorioso, hoy tampoco está enterado del caos que es el país ni del excremento que dejan las aves a sus pies. O, quizás, sí está enterado, pero se queda arriba, lejos de la mierda.

«Si uno busca belleza, la encuentra», suena en mi cabeza. Así que trato de cambiar la vista y, efectivamente, si quiero verla, la belleza está. Me doy cuenta de que todos los edificios que forman el borde de la plaza son de color marfil y que, si le quitamos el olor a orina, la plaza es bella. Mucho mejor así, sin gente.

Llego al trabajo y me alegro de que hoy no tenga turno el vigilante que me mira de pies a cabeza sin ocultar su deseo. La tranquilidad me dura poco porque en el ascensor me encuentro con un trabajador de la otra división que aprovecha para comentarme que su jefe le ha hablado de mí. Qué incómodo. Ni siquiera se esfuerza por mirarme con disimulo.

Ya en mi sitio, alisto los audífonos para no tener que escuchar a los de la mesa de partes bromear sobre sexo todo el día o calificar abiertamente a cada mujer que tiene la mala suerte de pasar por ahí. “Es feita, pero como es negra tiene buen cuerpo”. “Mira a la que se acaba de ir, engordó desde que dio a luz, que se cuide porque se le escapa el marido”. “¿Te acuerdas de la del piso de abajo? Dicen que el fin de semana el jefe se la tiró … “.

Respiro, subo el volumen y me dispongo a empezar con el trabajo del día. Casi ya tengo listo el escrito. Con toda la doctrina y la jurisprudencia que le puse, seguro ganamos. Aunque, últimamente, he estado pensando que, a veces, pesa más quién es el abogado que lo que diga el Derecho. Pero, bueno, este es un caso súper mediático y si sale en nuestra contra, la población se levanta. Considerando todo eso creo que está fácil ganar. Me levanto para recoger el expediente y siento cómo un líquido caliente desciende de mi cuerpo.

Voy al baño y recuerdo cuánta vergüenza sentía de niña al menstruar. Mis amigas y yo nos pasábamos las toallas higiénicas como si fueran droga. Y qué roche si alguien se daba cuenta que estaba con la regla. Felizmente crecí. Crecí y pude hacerle notar a esa niñita temerosa que, si no fuera por esa sangre que se acumula en nuestros cuerpos, nadie podría llegar a este mundo. En fin, vuelvo a la oficina.

Se me acerca el supervisor del área constitucional. Él es, quizás, la persona en la que más confío ahí. Me parece una persona sumamente dispuesta a ayudar. Siempre tiene una sonrisa que ofrecer y eso me hace sentir cómoda. Con casi todas las personas he marcado una clara distancia, pero con él, bajé la guardia porque creo que me ve como a una hija. Desde que llegué aquí, cuando tengo dudas sobre los expedientes, recurro a él y me explica con mucha paciencia.

Me pregunta qué tal va el escrito y le digo que ya está listo. ¿Listo?, me dice sorprendido. Le explico que sabía que él estaba muy ocupado con el caso del ministro, que para no molestarlo le pedí los documentos que necesitaba al otro abogado, que solo falta que él dé el visto bueno al escrito para presentarlo.

“O sea que yo me distraigo y ya estas preguntándole todo al otro”, me dice. No entiendo bien. “¿Disculpe?”. “¡Por qué tienes que pedirle los documentos a él si me tienes a mí! Me quedo mirándolo. “Doctor, yo no quería interrumpirlo”. “Tendré que estar más atento, entonces. Si me descuido, al toque buscas a otro”, respondió.

Se va y no salgo de mi asombro. ¿Qué acaba de suceder? Repito sus palabras en mi mente una y otra vez. Me embarga la indignación, pero no puedo evitar preguntarme si fue mi actitud la que le hizo creer que tenía algún derecho sobre mi. Caigo en cuenta que con todo el griterío una gota de su saliva cayó en mis labios. Siento asco, mucha pena y observo cómo el dolor y la decepción me inundan.

La pesadez de la experiencia se agrava a medida que pasa el día y sólo quiero regresar a mi casa. Muchos pensamientos visitan mi mente, con algunos puedo lidiar, con otros no. Pienso, por ejemplo, en la noche anterior. El recuerdo es nítido y se me estremece la piel. Cuán cierto es que los amores líquidos nos dejan resacas vacías.

De repente, estoy en el baño de mi apartamento. Me desnudo y contemplo mi cuerpo. Qué bello es. Los aromas florales penetran mi nariz y me invitan a pensar en el poema del sueño. Ensayo la idea de que quizás el trabajo de cuidarse a una misma también puede ser atarse a Dios.

Me sumerjo en el agua y sentir el contacto con mi piel, no necesito más. Se esclarecen todas las tinieblas. Estoy aquí, estoy para mí.


Imagen: Adaptación de “Morning Sun” (1952) de Edward Hopper, por Pedro Llerena.

Los hechos relatados y los personajes presentados en este espacio son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Enfoque Derecho no se solidariza necesariamente con los comentarios vertidos en este espacio.

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