Un día en la vida de un (no)abogado

"Acaso, ¿no todos los que trabajan sienten lo mismo? ¿Algún humano vivo no se sentirá igual de miserable?"

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Por Carlos Osorio, estudiante de la Facultad de Derecho de la PUCP, miembro ordinario de la Asociación Civil THEMIS y comisionado de Arte & Derecho

3: 13 am. Silla y mesa de casa. Taza de café. Letras. A estas horas ya sin significado por el cansancio, pero letras y palabras y oraciones. En cuatro horas tendré que levantarme, coger un pan, llenar un vaso de agua o más café y salir de casa. Esa era mi rutina diaria antes de la cuarentena. Mi ruta de vida. ¿Vida? Qué desastre.

Ahora, sin saber el día o el mes en el que estamos, espero el fin de mes para recibir algo del pago. Espero pagar los servicios de casa, la comida, las deudas atrasadas y tener algo para comprar libros del jurista de moda (influyente, con trayectoria, sí, ese). Creo que no mucho ha cambiado. Creo que el no poder salir me ha destruido. Creo que me venía mintiendo porque no disfruto como antes lo que hacía. Me he llegado a preguntar si de verdad lo disfrutaba. Esa interacción con personas me ayudaba a mentirme acerca de mi estado emocional. Me conformaba y seguía viviendo. ¿Viviendo? 

Zoom a las 7 am. Camisa recién planchada y short de deportes. De ser bienvenido a los lugares con una estirada de mano, con sonrisas hipócritas, a mirarme en el espejo y reírme del intento de barba. Cuánta sinceridad, cuánto extrañaba esto. Mis compañeros de oficina me sonríen por la camarita. “Cínicos de mierda, cómo pueden aguantar tanto sin caerse”-pienso mientras les sonrío de vuelta. Al final de la reunión algún que otro imbécil pregunta: “Doctor, ¿cómo le va?”. 

Pues, igual que siempre, los días son los mismos, no me puedo mentir como lo hacía, me encantaría tenerte al frente para insultarte con todas mis fuerzas, pero “bien, amigo, estoy aprovechando el tiempo. Y ¿tú?”. Como si me importara en lo más mínimo su triste vida. Lo que tiene que pagar en el centro comercial o cómo se canceló su viaje a otros países en los que iba a dictar charlas con los juristas de moda.  

Deseo que se acaben estos días de soledad y sinceridad. Seguir interactuando con gente sin importancia real para satisfacerme, mentirme. Pero luego pensando en las tres horas libres que me restan al final del día, reformulo y me pregunto si la breve vida siempre es rutinaria. 

Acaso, ¿no todos los que trabajan sienten lo mismo? ¿Algún humano vivo no se sentirá igual de miserable?, y comprendo que todos estamos siendo arrastrados por la misma vida. Vapuleados. Justo en esos momentos, con algún periodista mediopelo de fondo, comprendo que hay quienes trabajan y quienes no. Los que trabajan se sienten como yo. Los que no, aman lo que hacen y esa es su vida, su pasión, su fin, su todo consumado. 

Me despierto del sueño. Regreso al espejo y me río como nunca antes. Me río y lloro de infelicidad, de rabia contenida, por el pasado, por mi presente, pero es todo. Sé que mi futuro, nuestro futuro, es incierto; sé que toca reír y expresar. Es más valioso ser real: en vidas de cuarentena rutinaria siempre hay tiempo para reír, llorar, vivir y reiniciar.

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