Por José Carlos Fernández Salas, abogado por la PUCP, master in Urban Planning por Harvard University.

En el año 1793 se produjo un brote de Fiebre Amarilla en la ciudad de Filadelfia, en el joven país de los Estados Unidos. Para entonces, la sede del gobierno federal se encontraba en esa ciudad, después de dejar Nueva York un par de años antes y mientras se preparaba la sede de la nueva capital a orillas del río Potomac. George Washington, el presidente, y Alexander Hamilton, el secretario del tesoro, entre otras personalidades abandonaron la ciudad por el miedo a contagiarse con la fiebre. Thomas Jefferson, el secretario de estado, se quedó en la ciudad (Jenkinson, 2020). Presenciar este episodio fue probablemente una de las razones que reforzarían la pesimista visión que tenía Jefferson de las ciudades y su densidad, y que lo llevarían a plantear un paradigma expandido de ocupación del territorio. Aunque cumplió funciones oficiales en ciudades como Filadelfia, París, Nueva York y Washington D.C., Jefferson siempre se sintió estrechamente vinculado al campo, a la agricultura, a las plantaciones y siempre fue explícito en su anhelo por regresar a su famosa hacienda Monticello. En 1785 escribió desde París: “Soy lo suficientemente primitivo como para preferir los bosques, la naturaleza y la independencia de Monticello a todos los brillantes placeres de esta vistosa ciudad; pues, aunque hay menos riqueza ahí, hay más libertad, más comodidad y menos miseria” (Jefferson, 1970). Aunque en el siglo XIX Estados Unidos sería uno de los centros de la revolución industrial y del proceso de urbanización, la impronta de Jefferson dejó una fuerte huella en el desarrollo temprano de su país a través de la Northweast Ordinance de 1787, de la compra de Luisiana a Francia en 1803 y la extraordinaria expansión del país hacia el oeste. Así, en los tiempos de Jefferson como también ahora, las pandemias pusieron a la densidad al centro de los debates sobre el desarrollo territorial.

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La ciudad se define en ocasiones como una aglomeración. Juntar en un pequeño espacio a innumerables personas y dejar que ellas interactúen. Que creen, que produzcan, que intercambien (Glaeser, 2011). También que se ayuden entre ellas, que cooperen. No necesito cosechar vegetales para comer una ensalada en el almuerzo. No necesito saber coser para vestir un abrigo en el invierno. Es también ser parte de ese colectivo llamado “ciudad”. Es al habitante de la ciudad al que tradicionalmente se le ha visto como el que está en la posición de hacerse oír, de hacer sentir su membresía en la sociedad. Es a eso a lo que parecen querer referirse las denominaciones de “ciudadano”, de “citizen”, de “citoyen”, de “Bürger”. Pero, valgan verdades, la visión del humano como una especie urbana es relativamente reciente. La conversión de Perú en un país mayoritariamente urbano solamente se dio en la segunda mitad del siglo XX y en el norte global fue un proceso solo originado en el siglo XIX.

Así, otra forma de pensar al ciudadano fue, durante un tiempo, imaginarlo como un habitante del mundo agrario. Thomas Jefferson defendía que la libertad del individuo se encuentra más bien en no depender de otro para su alimentación, su vestido y, en general, su vida cotidiana. ¿Qué mayor libertad que la de no depender de otros y tampoco del Estado? (Jenkinson, 2020). Esa visión imaginaba a los países como territorios ultra-descentralizados en que justamente lo básico del humano es la vida, la libertad y la propiedad. Esa visión se ubica en abierta contraposición a la vida urbana caracterizada por la codicia, el hacinamiento y, entre otras cosas, la propensión a las enfermedades y pandemias. Esa visión agraria en los últimos tiempos ha abandonado esa categoría utópica y de pronto ingresado a las discusiones sobre nuestras ciudades. ¿Es la ciudad la responsable de esta pandemia? ¿La ciudad va a dejar de ser lo que ha sido en los últimos tiempos? ¿Estamos en camino a regresar al campo? ¿A cultivar nuestros propios alimentos? ¿Es eso lo que trae como evolución la sacudida mundial que ha significado la pandemia del COVID-19?

Al centro de ese debate urbano-agrario se encuentra el problema de la densidad. En la historia hay quienes se oponían a esta. Una forma de asentamiento que en cierto momento imaginaron pensadores, como Jefferson, era a través de la utilización a gran escala del territorio. Una ocupación que permitiera proporcionar cierto número de hectáreas a cada familia y que ellos puedan conjugar su vida cotidiana con la actividad agrícola. Los centros urbanos serían, por tanto, solo males necesarios y se establecían nada más que para efectos de producir herramientas y utensilios que los propietarios agrarios necesitasen (Jenkinson, 2020). Evidentemente esa utopía agraria no se materializó y lo que marcó la época contemporánea fue, más bien, la revolución industrial y la concentración de personas en ciudades. Sin embargo, no es que dicha aspiración por dotar a las personas de un espacio propio desapareciera completamente de la forma de asentarse en el territorio.

Así, cuando el proceso de urbanización se aceleró en el mundo occidental durante el siglo XX, no es que se generaran aglomeraciones intensas en espacios pequeños de la ciudad. Ayudado por el advenimiento del automóvil, el crecimiento de muchas ciudades implicó una expansión horizontal extrema. En muchas geografías la imaginación de una casa perfecta era una vivienda unifamiliar, con un amplio jardín y con estacionamiento para dos carros. Un suburbio. Si bien no una visión utópica agraria, esta opción de tener una ciudad extensa sí significo un desarrollo pernicioso. Tal característica, entre otras complejidades, encarece la adecuada provisión de servicios públicos, reduce las posibilidades de interacción de las familias en el espacio público y se basa en el vehículo privado como su medio principal de transporte, con las consecuencias en contaminación y tráfico que ello acarrea.

Este no es solo un fenómeno de ciudades en países ricos, como es el caso de la gran parte de las mayores ciudades de Estados Unidos, sino también el caso de muchas capitales latinoamericanas. Lima es una ciudad cuyo desarrollo horizontal no se ha dado tanto por urbanizaciones planificadas como por la ocupación espontánea de áreas periféricas. Y los nuevos poseedores han tenido la legítima aspiración de una casa propia, quizás no con un jardín y dos estacionamientos, pero sí con una vivienda unifamiliar en un lote de cien metros cuadrados. Eso ha convertido a Lima en una ciudad demasiado alargada. Solo con el pasar del tiempo y de manera progresiva el crecimiento de estas viviendas ha llegado a ampliar su planta o quizás a la construcción de un segundo piso, pero, por lo general, sin llegar a un nivel de densidad adecuado que evite la continua expansión horizontal de la ciudad hasta un nivel inmanejable (Ramirez-Corzo y Riofrío, 2006).

La respuesta de los urbanistas a esta situación ha sido desde hace años el reclamo por la densificación y la búsqueda de una ciudad más compacta. Aquellos han reclamado que la ciudad tenga un crecimiento más vertical y que las personas compartan más servicios y equipamiento entre ellas, por ejemplo, a través del uso más eficiente del espacio mediante edificaciones multifamiliares y de usos mixtos. También a través del uso más intensivo del transporte público de modo que más personas puedan viajar en menos vehículos. Pero hoy con la pandemia se ha puesto en cuestión esa visión. ¿Realmente queremos densificar en presencia de una amenaza como el COVID-19? ¿No son los espacios compartidos el peligro que queremos prevenir? ¿No es acaso la densidad el enemigo número uno de la salud pública en estos momentos? ¿Debemos empezar (o volver) a mirar hacia el campo, hacia la ruralidad?

Las medidas que ha tomado el gobierno para frenar el contagio del COVID-19 han sido radicales y comenzaron relativamente temprano en comparación con otros países de Latinoamérica. Implicaron, además, la declaración de un estado de emergencia que tiene la consecuencia jurídica de limitar sustancialmente las libertades de los ciudadanos y de permitir al gobierno echar mano de la fuerza militar para preservar el aislamiento social. El objetivo de esta estrategia: la reducción al máximo de las ocasiones de la vida cotidiana que provocan aglomeraciones. Se limitó el acceso a mercados y centros comerciales, se cerraron los centros de trabajo y de estudios, y hasta el propio caminar en las veredas se restringió. Aquello que constituye la esencia de una ciudad – la facilidad de interacción entre las personas – es lo que se buscó evitar a toda costa, manteniendo a todos los ciudadanos en su respectiva isla personal.

Es una situación sin precedentes para las personas tener que retraerse a su vivienda. Para muchos ha sido un fuerte impacto psicológico sentir que cada dos semanas se alargaba la cuarentena. A todo ello se sumaban las noticias que van saliendo en los medios de personas que han contraído el virus y que en tantos casos han fallecido sin que sus familiares tengan siquiera unas palabras finales de despedida. Sin embargo, el impacto más grave lo han tenido las personas que viven en las zonas más precarias de las ciudades. En extensas zonas de la ciudad, la falta de una vivienda adecuada hace que la pandemia no sea solo un impacto psicológico, sino un riesgo para su supervivencia. La falta de esa vivienda adecuada implica la imposibilidad de mantener la distancia social exigida por el gobierno; la falta de suministro de agua hace también extremadamente difícil seguir las recomendaciones de higiene ante la pandemia; y, tal vez lo más complejo de todo, la imposibilidad de salir a la calle implica para gran parte de la población cortar sus fuentes de ingresos.

Sin embargo, mientras la ciudad capital sufre los estragos de la aglomeración de personas que alberga, ciudades en el sur y en el centro del país parecen estar sufriendo un menor embate de la pandemia. Ni qué decir de las zonas rurales en las que el aislamiento permanente que caracteriza a muchos centros poblados ahora se siente como una bondad. Lo que es más inquietante, se ha llegado incluso al episodio nunca visto de grupos de personas escapando de Lima y dirigiéndose hacia las provincias, en dirección opuesta al flujo de personas que durante muchas décadas determinó el camino hacia las oportunidades. Los que han podido han salido de Lima apenas se decretó la emergencia; otros, después de mucho insistir, han logrado cupos en vuelos humanitarios o buses dispuestos por el gobierno y muchos han optado por desplazarse a pie. Y similares fenómenos se han producido con personas regresando de ciudades medianas y pequeñas hacia el campo. ¿Cuán coyuntural es este fenómeno de migración inversa? ¿Cuán definitivo es este regreso a los espacios rurales? ¿Son movimientos solo durante la pandemia? ¿Cuánto va a durar la pandemia?

Hace algunas semanas mi actitud era que no es lo más inteligente planificar nuestras ciudades pensando en la situación actual. Que no había razón para poner en cuestión las virtudes del desarrollo de las ciudades de una manera compacta, que la necesidad de barrios más densos y mejor provistos de servicios públicos, equipamiento y transporte público todavía se mantendría luego de terminada la cuarentena. Pensaba que no estamos en camino a convertirnos nuevamente en una sociedad más rural y que el regreso de las personas de Lima hacia las provincias era solo una situación transitoria, de unas cuantas semanas. Al fin y al cabo, pensaba en la cuarentena como una medida temporal. Pensaba en que hay una situación post-pandemia. Ahora en el día 80 del confinamiento dudo de la temporalidad de esta situación.

Mi visión sobre las ciudades ha cambiado porque no parece haber un final de la pandemia en el futuro próximo. Incluso en los países que van suavizando sus medidas, todo el proceso implica la incorporación de un cuidado frente a los riesgos del contacto interpersonal. Incluso si tuviéramos la certeza de que en determinado número de meses vamos a tener una vacuna frente a la pandemia y la postura del urbanismo en pro de las ciudades compactas recobrara vigencia, deberíamos descartar un regreso a la anterior normalidad. Por un lado, pienso que la cuarentena generará un escepticismo generalizado en las personas respecto de la seguridad de los contactos interpersonales. El apretón de manos y el abrazo serán seguramente relegados en las interacciones cotidianas. Tal vez, la gente tenga un mayor recelo de espacios como el transporte masivo y los conciertos multitudinarios.

Pero más importante que ello, pienso es que mi visión respecto de la pandemia como un episodio pasajero ha cambiado porque podemos tomar esta experiencia como una oportunidad de cambio. No habrá mejor ocasión para incorporar un conjunto de reformas urbanas que el grupo de investigación CONURB – PUCP, del que formo parte, está proponiendo en esta coyuntura (https://www.change.org/p/estado-peruano-hacia-una-nueva-normalidad-con-menos-desigualdad-urbana). De esa propuesta resalto dos elementos. Por un lado, la importancia del mínimo vital que resulta tener la vivienda como un refugio en caso de desastre (Aravena, 2020). Dado lo palpable que ha sido para todos el rol crítico que juega la vivienda propia durante este tiempo, parece no haber mejor empuje para incorporar en el sistema político y jurídico un derecho a la vivienda digna. Uno que pueda perfilar políticas públicas más exitosas que los meros subsidios del Estado que se incorporan a un sistema privado de producción de vivienda que no logra responder a la demanda de los sectores de más bajos recursos. Tal vez, incluso, esa reforma en la política de vivienda del Estado atienda la realidad de las redes de personas de las que tanto han dependido los vecinos en tiempos pre-pandemia para el acceso a los títulos de propiedad y a servicios públicos y, en tiempos de pandemia, para el apoyo mutuo a través de, por ejemplo, la preparación de ollas comunes.

Al mismo tiempo, pienso que es también una oportunidad de incorporar la consideración de lo que implica la estrecha interconexión entre la ciudad y el campo (Brenner, 2017). ¿Por qué tendríamos que aceptar que los niveles de acceso a salud, a educación, a oportunidades en general, son sólidamente mayores en las ciudades que en el campo? ¿Por qué mantener la narrativa de que la ruralidad es sinónimo de atraso? (Leiva, 2019). La ciudad puede tener todas las virtudes en cuanto a generación de intercambio y creación de oportunidades. Pero la ciudad se basa en una vasta red de conexiones que se extienden a, entre otros recursos, la producción agrícola de las zonas rurales. Desde la dependencia de Lima de la sierra central hasta la simbiótica relación entre ciudades pequeñas y sus zonas agrícolas circundantes, hay pues, una oportunidad para cuestionar los artificiales límites con que hoy se piensan las ciudades. Hay una oportunidad para cuestionar la división urbano-rural con que se delimitan las políticas públicas, de modo que el tomador de decisiones urbano tenga en consideración la cadena de producción y transporte que lo conecta con el agricultor (industrial o pequeño) del que depende su vida cotidiana.

Lo que no creo que deba cambiar es la densidad. En todo caso, pienso que la tendencia a la densificación de las ciudades debe continuar. La densidad evidentemente no significa hacinamiento y, como tal, no tiene por qué significar mayores riesgos de contagio del COVID-19 o de los virus que vengan en el futuro. Por el contrario, conseguir una ciudad más compacta permitirá mayores eficiencias en la generación de redes de transporte, en la captura de plusvalías urbanas, en la provisión de agua y saneamiento y, en general, en el cumplimiento de los requerimientos del derecho a una vivienda digna. Por tanto, pienso que todavía se mantienen vigentes las propuestas de concentración de personas en la ciudad de Lima alrededor de sus centralidades y lo propio respecto de otras ciudades alrededor del mundo. Pienso que la ciudad sigue siendo el espacio de cooperación humana por antonomasia y que la visión agraria de Jefferson sigue siendo una utopía.

Referencias

Aravena, A. (2020). Citado por: Zabalbeascoa, A. ¿Cómo viviremos juntos? En: El País. https://elpais.com/cultura/2020/05/22/babelia/1590140761_536093.html (revisado el 31-05-2020)

Brenner, N. (2017). Critique of Urbanization: Selected Essays. Basel/Berlin/Boston: Walter De Gruyter GmbH.

Glaeser, E. (2011). Triumph of the City: How Our Greatest Invention Makes Us Richer, Smarter, Greener, Healthier and Happier. New York: Penguin Press.

Jefferson, T. (1970). Jefferson Himself: The Personal Narrative of a Many-Sided American. Edited by Bernard Mayo. Charlottesville: The University Press of Virginia.

Jenkinson, C. (2020). Thomas Jefferson, Epidemics and His Vision for American Cities. En: GOVERNING. https://www.governing.com/context/Thomas-Jefferson-Epidemics-and-His-Vision-for-American-Cities.html (revisado el 31-05-2020).

Leiva, F. (2019). Entrevista de Semana Rural de 01 de junio de 2019. https://semanarural.com/web/articulo/entrevista-con-el-director-del-centro-de-pensamiento-de-desarrollo-rural-de-la-universidad-nacional-fabio-leiva-a-proposito-del-dia-del-campesino-/971?fbclid=IwAR3CVLf76XOaX5VGqlIWuHgvb2gROmw3rXfhwQYD356mPuHlcc534u5pPdY (revisado el 08-06-2020).

Ramírez-Corzo Nicolini, D. y Ríofrío Benavides, G. (2006). Estudios Urbanos. Formalización de la propiedad y mejoramiento de barrios: bien legal, bien marginal. Lima: Desco.

Fuente de imagen: Ojo Público.

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