Entrevista a Robert P. George, McCormick Professor of Jurisprudence en Princeton University, donde dicta clases de filosofía del Derecho e interpretación constitucional. Daniel Masnjak, asociado extraordinario de THĒMIS, conversó con él sobre la cultura de la cancelación y los debates jurídico-morales de las sociedades contemporáneas.

DM: Detrás de muchas de las polarizaciones de nuestros días subyacen visiones opuestas sobre la naturaleza humana. Frente a esto, John Rawls sostenía que esas “doctrinas omnicomprensivas” no debían influenciar las políticas públicas ni influenciar el Derecho. En respuesta, usted ha sostenido que eso no puede ser puesto en práctica, porque las políticas y las leyes siempre asumen una determinada visión del ser humano. ¿Cómo podemos reconciliar las diferentes mentalidades que tratan de influenciar el Derecho en sociedades plurales si la neutralidad “rawlsiana” es impracticable?

Esa es una pregunta profunda y muy importante. Es importante porque vivimos en sociedades plurales, sociedades en las que, muchas veces, no existe una religión dominante, donde personas con distintas visiones de la ética y distintas creencias religiosas intentan vivir juntas, en paz y con un grado de armonía. Es ese pluralismo lo que motivó el proyecto de Rawls.

Permíteme decir que creo que John Rawls, de quien, como señalas, he sido un crítico feroz y soy un crítico feroz, fue un gran pensador. Su proyecto era un proyecto noble. Estaba en lo correcto al intentar buscar la forma de que personas con diferentes “visiones omnicomprensivas”, como él las llamaba, con diversas visiones del mundo, con distintas perspectivas sobre las preguntas más importantes de la vida, pudieran vivir juntas en paz y con un grado de armonía. Era un proyecto muy digno.

El proyecto fracasó por razones que he intentado explicar en algunos de mis escritos y por razones que han sido articuladas por otros críticos, como Alasdair MacIntyre, John Finnis, Michael Sandel, Nicholas Woterstorff, entre otros. Su fracaso fue un fracaso espectacular. Fue heroico porque el esfuerzo fue heroico, pero era imposible de completar. Simplemente no es posible acoger principios políticos que respondan a las preguntas más fundamentales sobre la dignidad humana y los derechos humanos, que toda comunidad política debe afrontar, mientras se intenta permanecer neutral en cuanto a la pregunta de qué contribuye o qué menoscaba a una forma de vida valiosa y moralmente digna. Y eso es lo que Rawls intentó hacer.

Él quería identificar principios de justicia para una sociedad ordenada rectamente, al menos en cuanto a fundamentos constitucionales y cuestiones básicas de justicia, que fueran neutrales con relación a qué contribuye o qué menoscaba una forma de vida valiosa y moralmente digna. De ese modo, esperaba encontrar una filosofía “puramente política” que pudiera ser respaldada por personas con distintas “visiones omnicomprensivas”, religiosas y seculares: católicos, judíos, utilitaristas, marxistas. Pero, eso no puede funcionar. Hay preguntas que cualquier orden político debe afrontar y simplemente no pueden responderse sin que tomemos una posición en cuestiones fundamentales sobre la naturaleza del ser humano, su bienestar, su dignidad y, quizás, su destino. Podemos evitar algunas, pero no todas ellas.

Para decidir quién es un miembro de la comunidad que merece la tutela del Derecho, no podemos ser neutrales frente a cuestiones morales fundamentales. ¿Debemos proteger al no-nacido? ¿Debemos proteger al niño recién nacido? ¿Debemos proteger a las personas con discapacidad, a quienes tienen discapacidades severas? ¿O pueden ser matados? ¿Pueden sus órganos ser utilizados para salvar otras vidas, de personas cuyas vidas son consideradas “más valiosas” o de “mayor dignidad”? Estas preguntas son inevitables. No hay un orden político que pueda evitarlas, pero Rawls intentó encontrar la forma de hacerlo y es por eso que falló tan estrepitosamente. No se puede hacer.

Esto nos deja con la pregunta: entonces, ¿qué hacemos? Algo que no podemos hacer es que todos piensen igual. Esto destruiría la libertad y violaría profundamente la dignidad humana. No podemos hacer que todos sostengan la teoría correcta por la fuerza, incluso si estamos seguros de que conocemos cuál es. Para mí, la respuesta es un orden político con un componente democrático sustancial, donde todos nosotros, con una edad relevante (sea dieciocho, veintiún años, hay cierta arbitrariedad sobre dónde trazar la línea), con la capacidad de participar apropiadamente en una discusión y deliberación política, tengamos derecho a una participación sustantiva.

Si tenemos un orden democrático, eso significa que cuando tengamos un desacuerdo, debatimos. ¿Debemos proteger al niño por nacer? ¿Debemos proteger al niño recién nacido? ¿Cuál debe ser la política tributaria? ¿El matrimonio debe ser considerado simplemente como una compañía afectivo-sexual o debemos considerarlo como la unión conyugal de un esposo y una esposa? ¿Cómo debemos decidir las políticas de protección del ambiente? ¿Qué tipo de seguridad social os sistema de pensiones debemos tener? ¿Debe el servicio de salud ser provisto por el Estado, por el mercado o por una mezcla de ambos? En una democracia, decidimos estas cuestiones mediante deliberación, discusión, y finalmente, votación.

Esto no garantiza una respuesta correcta ni evitar injusticias. Las democracias llegan a conclusiones injustas todo el tiempo. Sin embargo, la conversación continuará porque en una democracia no hay derrotas ni victorias definitivas. Si creo, en buena fe, que mis conciudadanos han tomado una decisión incorrecta, quizás injusta, mientras exista una democracia con libertades civiles protegidas, podré regresar con una propuesta para que repensemos lo hecho, reconsideremos, intentemos de nuevo. Abramos la pregunta otra vez, tengamos otra discusión, votemos de nuevo sobre la cuestión. Creo que es muy importante poder mantener esos procesos abiertos, para evitar que haya victorias y derrotas definitivas, para asegurar que siempre podamos regresar a la pregunta, en caso nos hayamos equivocado.

Por eso dije hace un momento que una democracia debe tener protecciones para libertades civiles básicas. Necesitamos libertad de expresión. No podemos usar la democracia para destruir la libertad de expresión. No podemos convertir la democracia en un arma para destruir esa o cualquier otra libertad civil básica, como la libertad religiosa, la libertad de reunión, entre otras. La democracia puede ser usada para cosas malas, pero también para cosas buenas.

Entonces, cuando las personas hablan de democracia liberal, creo que se refieren básicamente a una democracia controlada por los principios de las libertades civiles con protección constitucional. Sea que se trate de una Constitución escrita, formal, o de una Constitución no escrita, me preocupa menos que el hecho de que la protección constitucional de las libertades civiles exista, para que la democracia pueda funcionar sin rebajarse a si misma a una forma de tiranía.

DM: ¿Cuál sería su consejo para estudiantes y académicos jóvenes, especialmente aquellos interesados en la filosofía política y la filosofía del Derecho, en tiempos de convulsión política y partidismo?

Honestidad y valentía. Mi consejo es el que Cornel West y yo damos a todos. Es especialmente importante para los jóvenes, especialmente quienes están preparándose en carreras vinculadas al Derecho, la política o la academia, sea en el campo de la historia, la sociología o las ciencias. Este es un tiempo en que las personas están bajo una presión tremenda para que “doblen” la verdad, para que abandonen la verdad, para que se alineen a las ideologías de otras personas.

Necesitamos honestidad y valentía para resistir eso. Necesitamos la honestidad y valentía para buscar la verdad y decirla en cuanto hayamos podido conocer de ella. Citando a Lincoln, el presidente americano del siglo diecinueve que gobernó durante nuestra Guerra Civil: “Decir la verdad tal como Dios nos ha permitido verla”. Reconocer que podemos estar equivocados, reconocer que somos falibles y, por tanto, estar abiertos al contra argumento, abiertos a las críticas, pero negándonos a ser intimidados, negándonos a ser empujados al silencio y la aquiescencia.

Necesitamos valentía en los jóvenes, especialmente en nuestros futuros abogados, nuestros futuros pensadores del Derecho, nuestros futuros académicos, nuestros futuros gobernantes. Necesitan independencia de mente, disposición a pensar por sí mismos, disposición para enfrentar a la multitud, porque la multitud muchas veces está equivocada. Incluso un consenso puede ser un consenso oscuro, malvado.

Te daré un ejemplo: en el periodo entre los años diez y la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos y otras democracias avanzadas de la época, había un amplio consenso entre personas progresistas, las personas consideradas ilustradas, consideradas grandes pensadores, los más educados e influyentes, de que la eugenesia era algo bueno y digno –algo que debía ser aceptado y promovido.

Hoy miramos con horror que tanta gente, personas inteligentes, personas influyentes, educadas, pudieran haber apoyado la eugenesia. Pero no solo muchos la apoyaron: había un consenso. Prácticamente solo la Iglesia católica se oponía al consenso a favor de la eugenesia. Era visto como un pensamiento de avanzada, progresista, el camino del futuro, de los inteligentes, de los sabios, los sofisticados, de las personas que querían salir adelante. Ahora lo vemos como lo que era, una pesadilla: matar personas por tener discapacidades, esterilizándolas para que no pudieran tener hijos, porque eran consideradas no suficientemente inteligentes, entre otras cosas. Lo vemos con vergüenza, pero era un consenso.

Un consenso puede estar equivocado, incluso un consenso entre los progresistas, los sabios, los inteligentes, los influyentes, los educados. Cuando veo un consenso hoy lo veo con sospecha. Quiero “pinchar” y ver si esto es realmente correcto o si es otro caso de lo que tuvimos con el consenso de la eugenesia entre la élite progresista.

Esto requiere independencia de pensamiento, independencia de mente, honestidad, porque siempre es más fácil seguir a la multitud, unirse al consenso. Es mejor para tu carrera, para destacar, para tu progreso personal. Es mejor para ser influyente, para ser rico. Pero aquí es donde necesitamos que los jóvenes tengan valentía, que se enfrenten a eso y estén dispuestos a correr riesgos. Son riesgos para sus carreras, sabiendo que quizás les nieguen oportunidades en represalia por haberse puesto de pie, pensado por sí mismos y decir la verdad como Dios les ha permitido verla.

Ese es mi consejo para los jóvenes del Perú y de todas partes. Tengan la honestidad y valentía para enfrentar al grupo, para cuestionar la sabiduría convencional, para punzar el consenso, hacer las preguntas que otros no quieren hacer porque les incomoda, pone en duda lo que creen las personas “del pensamiento correcto” [“right-thinking people”].

DM: Finalmente, ¿podría recomendar tres libros que marcaron la forma en que entiende el Derecho?

Los escritores que han sido más influyentes en mi formación intelectual no son escritores que escribieron específicamente sobre el Derecho como tal: Platón, San Agustín, Santo Tomás de Aquino (aunque, por supuesto, Tomás de Aquino tiene cosas importantes que decir sobre el Derecho).

Si me preguntas por libros modernos que han sido importantes para mi específicamente en la filosofía del Derecho, el primero sería el libro de H.L.A. Hart, “El Concepto del Derecho” [“The Concept of Law”], publicado por Oxford University Press en 1961. Es un libro que puso en cuestión el consenso en la filosofía del Derecho, establecido alrededor del pensamiento de los predecesores decimonónicos de Hart: Bentham y Austin. Reconcibió el Derecho como algo que supone ciertas razones para actuar y reintrodujo la importancia de la razón práctica en la comprensión de qué es el Derecho y cómo funciona.

El segundo libro que mencionaría fue escrito por mi supervisor doctoral, John Finnis, publicado en 1980 por Oxford University Press. Se llama “Derecho Natural y Derechos Naturales” [“Natural Law and Natural Rights”], ahora disponible en una segunda edición, un texto muy valioso. Ahí Finnis hizo para la tradición del derecho natural lo que Hart había hecho para la tradición del positivismo jurídico. Regresó a las bases, recuperó lo que era valioso y útil en la tradición, corrigió algunos errores y aclaró algunas confusiones que encontró en la tradición, y puso esta forma de pensar otra vez sobre la mesa, para su escrutinio crítico por parte de quienes estudian la filosofía del Derecho en general.

Esos dos libros del periodo contemporáneo son los que recomendaría como los más importantes para que un estudiante de filosofía del Derecho los lea, estudie y analice cuidadosamente. Es importante no tener una comprensión superficial de ellos. Deben ser leídos despacio y con cuidado. No son textos sencillos, pero son profundamente provechosos.

Otro libro importante, con menos influencia en mi pensamiento, pero importante y sobre el cual enseño, es el libro de Ronald Dworkin publicado en 1986 por Harvard University Press: “El Imperio de la Justicia” [“Law’s Empire”]. Ahí Dworkin intenta proveer una suerte de teoría jurídica liberal, independiente del positivismo de Herbert Hart y de la teoría del derecho natural de John Finnis, así como de las tradiciones que Hart y Finnis representan. Es un libro más centrado en las cortes, en la interpretación de los textos legales, especialmente por los jueces, y cuya ambición ideológica, creo, era justificar un poder judicial expansivo en favor de ciertos ideales políticos liberales. Con “liberales” me refiero al sentido de lo que hoy llamamos “progresista” –socialmente liberal, promotor de causas como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Yo pude conocer a estos tres pensadores. A Hart solo pude conocerlo poco. Lo conocí hacia el final de su vida. Cuando era estudiante de posgrado en Oxford, bajo la guía de John Finnis y Joseph Raz, Hart participaba en los seminarios a los que yo pude asistir como estudiante y que eran conducidos por Dworkin, Finnis y Raz.

A Dworkin lo conocí antes de ir a Oxford. Fue mi profesor de filosofía del Derecho en Harvard, en el departamento de filosofía. Pude estudiar con él, aunque yo estaba matriculado en la facultad de Derecho y no en el departamento de filosofía. Y luego pude conocer a John Finnis, cuando me convertí en su estudiante de posgrado en Oxford, en el mismo periodo en que organizaba los seminarios con Dworkin, Raz y Hart. Son pensadores magistrales, todos ellos. Sus trabajos merecen ser estudiados. Durarán y serán estudiados de aquí a cien años, probablemente doscientos años, por los estudiantes de la filosofía del Derecho.

La segunda mitad del siglo veinte fue un periodo floreciente en el campo, con verdaderos avances desde 1961, con la publicación del libro de Hart. Ya había publicado algunos artículos, importantes, en los cincuentas, antes de que el libro saliera, pero el libro realmente conjugó lo central de su pensamiento sobre cuestiones fundamentales acerca de la naturaleza del Derecho y cómo funciona en las sociedades. Eso inauguró un periodo de enorme pensamiento y, a crédito suyo, sus estudiantes se volvieron sus mejores críticos y personas que permitieron desarrollar esa conversación y nuestra comprensión del Derecho. Mi vida ha sido un maravilloso periodo para estudiar la filosofía del Derecho, precisamente porque ha habido esa cosecha de trabajo excelente, perspicaz, en el campo.


Fuente de imagen: Pinterest

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here