Por José Luis Pérez Triviño, profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Pompeu Fabra

No es frecuente encontrarse con deportistas que se lancen a manifestarse políticamente en los medios de comunicación. Por eso resulta grato y esperanzador que dos jugadores de fútbol de la élite mundial como el francés Griezmann y el alemán Goretzka hayan expresado ideas políticas públicamente. El primero para comunicar que dejaba de tener relaciones con la empresa china Huawei al saber que uno de sus dispositivos estaba siendo utilizado por el gobierno chino para identificar (y reprimir) a los miembros de la minoría musulmana uigur. El segundo por manifestarse claramente en contra del partido “Alternativa para Alemania”, conocido por sus ideas filonazis y del que ha dicho que constituye una “vergüenza para Alemania”.

Quizá estas muestras de compromiso deban entenderse dentro de un marco más general en el que en los últimos tiempos, los deportistas están más concienciados de los problemas del mundo en el que viven. Así, por ejemplo en EEUU, hace unos años Colin Kaepernick ganó una enorme resonancia por su negativa a honrar el himno estadounidense en rechazo de una serie de actuaciones policiales contra individuos de raza negra. Más difusión incluso tuvieron los actos de protestas de numerosos deportistas por la muerte de George Floyd a manos de otro acto de brutalidad policial.

Pero estas manifestaciones han sido la excepción a una regla general: la pasividad de los deportistas a participar en los debates públicos y a expresar opiniones políticas. Esta actitud quizá tenga distintas causas. La primera no deja de ser una suposición especulativa y no contrastada empíricamente, por lo que habría que cogerla con pinzas: la supuesta inferioridad del ejercicio físico respecto del intelectual ha provocado una “interiorización” por parte de los deportistas de su incompetencia para expresarse fuera de los campos de juego. Así los deportistas siempre han tendido a vivir en su burbuja, absorbidos por los entrenamientos y obsesionados por mejorar sus marcas o ganar a los rivales.

La segunda hipótesis no está desvinculada de la primera y es que las autoridades que gobiernan el deporte han defendido la separación del deporte de la política. Ya Coubertin defendía a principios del siglo XX que el movimiento olímpico, y de forma derivada, el resto del deporte, debía ser apolítico, lo cual se acabó reflejando en los códigos de las federaciones que sancionaban las proclamas y gestos de carácter político que tuvieran lugar en los estadios o durante las competiciones deportivas.

Por eso, no solo debe darse la bienvenida a esas muestras de interés por asuntos públicos sino también alabar la valentía por difundir esas opiniones en la arena pública pues no cabe duda de que la repercusión social de esos mensajes es muchísimo mayor cuando provienen de individuos que son seguidos masivamente en las redes sociales. Ya les gustaría a muchos políticos tener los millones de followers que tienen Ronaldo o Messi. Como señalaba en su comunicado el propio Goretzka, los deportistas, -al menos los más populares- son algo así como ministros de asuntos exteriores en pantalones cortos, por lo que sus pronunciamientos pueden contribuir a que los aficionados, y en especial, los más jóvenes adquieran gracias a su compromiso un mayor grado de conciencia social y política.

Ahora bien, esta actitud “política” por parte de los deportistas tiene su lado problemático: ¿qué hacer cuando esa caja de resonancia es usada por deportistas para defender ideas contrarias a los derechos humanos, como por ejemplo hizo Di Canio al levantar el brazo en señal fascista? O simplemente, cuando se expresan ideologías controvertidas en el ámbito político. Así por ejemplo, Rivaldo se declaró partidario de Bolsonaro, Sócrates entusiasta partidario de ideas izquierdistas o Guardiola, independentista catalán. Sin entrar a valorar su corrección, todas estas expresiones tuvieron lugar en un contexto social muy polarizado y probablemente generarán desafección entre muchos de sus seguidores, lo que no haría precisamente muy feliz a sus clubes y patrocinadores.

En todo caso, la controversia y la incomodidad que puede provocar en los aficionados el conocer la ideología política de sus ídolos es un precio razonable si con ello se consagra de forma definitiva la libertad de expresión de los deportistas, un derecho que con tanto énfasis han tratado de restringir las organizaciones deportivas. Insistir en el apoliticismo no es más que consagrar una “infantilización” del deporte, e indirectamente tratar de la misma manera a los deportistas y a los aficionados.

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