Ubíquese en la crisis: Nuestra relación con la norma y la autoridad

El autor nos comenta sobre la problemática de la relación entre la autoridad y la norma; y como este puede ser el indicio para nuestra crisis política.

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Por: Fernando Del Mastro Puccio, abogado por la PUCP, máster en Derecho por la Universidad de Duke y  profesor de Ética en la Unidad Derecho PUCP.

La crisis ética en nuestro país tiene como una de sus causas centrales el tipo de relación que tenemos, como peruanos y peruanas, con la norma y la autoridad. Vista así, no es solo una crisis política: la vivimos en la familia, en las escuelas, en las universidades e institutos, en los centros laborales y, sin duda, también en la política. En todos estos ámbitos, a través de nuestras experiencias a lo largo de nuestra historia personal, aprendemos, por ejemplo:

  1. si la norma tiene un valor propio que justifica su cumplimiento o se cumple por miedo a la sanción y, por ende, se puede incumplir cuando hay poco riesgo de ser castigado.
  2. si uno mismo tiene un rol activo o pasivo respecto a la creación y aplicación de las normas, si son algo nuestro o algo impuesto.
  3. si todos tenemos que cumplir las normas o quienes tienen cierto poder pueden incumplirlas sin mayor problema.
  4. si tiene sentido denunciar prácticas reñidas con las normas o es mejor callar frente a esos hechos, si el propio incumplimiento se reconoce con coraje o se oculta.
  5. si la autoridad está sujeta también a las normas que crea o si puede incumplirlas, si motiva sus decisiones o las afirma únicamente en su cargo, si es predecible o puede cambiar las reglas sin mayor problema.
  6. si la autoridad es sincera, se debe a las personas o está centrada en sí misma y no reconoce nunca sus errores.
  7. si la autoridad se comunica y da confianza, con un nexo de cercanía, o si es lejana e inspira temor, o si es débil y manipulable.
  8. si la autoridad actúa con justicia o prefiere a algunos y por qué razones, si la autoridad regula a partir de su comprensión de la realidad o busca que otro, desde afuera, les diga cómo regular.
  9. si los conflictos se resuelven con diálogo buscando armonía o por la fuerza, disimulada o no, a favor de quien tiene más poder.
  10. si valores como la justicia, la verdad, la humildad y la libertad animan nuestras conductas o son un discurso incongruente con la realidad, donde lo que anima es el egocentrismo.

La relación que tenemos con la norma y la autoridad es de naturaleza psicológica, es parte de nuestra forma de ser, ha sido introyectada a través de vivencias diversas a lo largo de nuestra historia personal. Se trata de vivencias que luego repetimos en diversos niveles y de distintos modos. Repetimos por miedo a reconocer lo doloroso de nuestro propio pasado, lo que sería necesario para actuar de un modo distinto en el presente. Repetimos porque es lo único que hemos visto, porque no conocemos otras formas de ser y actuar. Repetimos porque, aun percibiendo lo que está mal, nos amoldamos por comodidad, por falta de coraje para enfrentar el estatus quo, por la imperiosa necesidad de ser reconocidos en un mundo donde la ética no pesa en la fórmula de éxito.

¿Son solo los políticos los que incumplen y tuercen normas porque lo que más les importa son ellos mismos? ¿Son, acaso, las únicas autoridades incongruentes, que no hacen lo que dicen, ni dicen lo que piensan? ¿Solo los funcionarios públicos afirman sus decisiones en el cargo y en su poder, solo ellos ocultan sus errores, solo a ellos les falta el coraje de la verdad? ¿Son las autoridades de San Marcos las únicas que no escuchan, que piensan en su imagen antes que en su deber? ¿Son los hermanos Fujimori los únicos que luchan, fuera del marco de la ley, por el reconocimiento del padre? ¿Es la Comisión de Ética del Congreso la única que no habla con claridad frente a lo incorrecto, la única que calla frente a lo corrupto y poco ético, la única que blinda a los suyos? ¿Son Mulder y compañía los únicos que quieren poner normas para impedir que lo nuevo nazca?

Decía Jung que “del Estado se espera hoy que consiga realizar lo que nadie esperaría de un individuo”[1]. La lucha contra la corrupción, contra la falta de ética, contra el autoritarismo, se plantean como luchas a ser ganadas en y por el Estado, mientras que nadie se las plantea como luchas individuales, anímicas, que podrían librarse en nuestros círculos inmediatos, en las instituciones donde vivimos.

La democracia verdadera, no la que se fija en normas y procedimientos, sino la que vive en el ánimo de las personas, exige reconducir la mirada a uno mismo, a nuestro ámbito de trabajo, a nuestro ejercicio del rol de autoridad, a nuestra relación con la norma. Desde ahí, debe crecer el ánimo democrático, desde nuestra lucha con la propia sombra. ¿Cómo hacerlo? Hay diversos caminos. Uno de ellos, imprescindible, es saber que “… lo que desaparece del inventario psicológico propio reaparece fácilmente bajo el disfraz de vecino hostil, que forzosamente suscita la ira y le vuelve a uno agresivo”[2]. Veamos, entonces, lo que opinamos del otro como un espejo y veremos reflejado al enemigo más difícil vencer.


[1] Carl G. Jung. La lucha con la sombra (1946). En: Civilización y Transición. Obras Completas. Vol. 10. Trotta, 2001, pp. 216-217.

[2] Idibem, p. 215.

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