Por Cuerdas Separadas

No dio tiempo para sacar nada. El toque de queda se había anunciado. Muchos de los papeles y notificaciones se quedaron en el estudio. Pero, a la mañana siguiente, mi bandeja de entrada rebosaba de documentos. No sé cómo ni quién se dio el trabajo de amanecerse escaneando y enviando mensajes. Nos informaron que el teletrabajo se implementaría y que estemos atentos a las indicaciones. Claro, los primeros párrafos estuvieron llenos de frases trilladas: “saldremos de esta juntos”, “esta es una crisis, pero con unión y esfuerzo lo superaremos”, “somos una familia y nos apoyaremos”, entre otras más.

Mi verdadera familia no está aquí. Vivo solo. Ahora más solo que nunca. Desde que llegué a Lima a estudiar en la PUCP, no he vuelto a la ciudad donde crecí. Mi mamá, mi papá, mi hermana, mis tíos, mis primos, mis amigos, mis vecinos, mis amores, mi casa, mi vida, todo eso que forma lo que soy, lo arranqué de mí sin darme cuenta, sin ser consciente de lo que hacía.

Me alquilé un cuarto muy cerca de la universidad. Está clavado en el tercer piso de un edificio en el que hay más estudiantes que abejas en un panal. Aunque todos vamos al mismo punto, incluso a los mismos salones, no nos conocemos. Mi cuarto es más bien pequeño, el más barato que conseguí. Es una pieza de tres por tres. A las justas entra mi cama, mi escritorio, una pequeña silla, un frigobar, una cocinita de mesa y mis libros. ¿La ropa? La guardo en una caja debajo de la cama. ¿El terno? Sujetado en la pared por un clavo. ¡Es una ratonera! El premio consuelo es la ventana que da a un tragaluz siniestro. Allí, la gente pone a secar calzoncillos, medias y toallas. Si hago un esfuerzo, puedo ver la PUCP en todo su esplendor. Es un lugar poco agradable; de hecho, una amiga me dijo hace tiempo: ¿esto lo construyó el INPE, no? Y salió volada.

Pese a todo, a golpe de los años, me apropié del espacio. Comencé a sentirme cómodo en él, porque allí descansaba, allí hablaba con mi familia, allí me cubría de la nostalgia; y, en época de exámenes, allí me amanecía con altas dosis de café y Coca-Cola. Aquí decidía no ir a clases cuando me quedaba dormido, me pegaba leyendo una buena novela o se me antojaba ver una película en la laptop; o cuando simplemente estaba muy deprimido extrañando mi vida. Aquí, también, tramaba piadosas mentiras y las más elocuentes excusas. Me enamoré y me arrepentí en este pedazo soez de cemento y metal.

Ahora, con la cuarentena, se convertiría en mi oficina. Creí que podía manejarlo con normalidad. No tenía que esperar el bus ni sufrir el viaje de sardinas, ni verle la cara a los miserables de siempre, ni aguantar los diálogos cojudos de algunos que hablan con la mandíbula relajada, alargando las sílabas.

El desastre vino pronto. Desde las cinco de la mañana el celular vibraba frenéticamente. Los asociados pedían informes, consultas y contestaciones, de todas las formas posibles. ¿Ya está? ¿Cómo vas con el escrito? ¿Cómo que estás cansado? ¿Trabajas más que en el estudio? ¿Te estás quejando? ¿Me preguntas si te van a pagar a fin de mes? Apuro e incertidumbre. Afuera, la gente parecía estar de vacaciones, pero nosotros, los practicantes, casi casi 24 horas pegados en la computadora, contestando lo que se les ocurriera. Estos jefecitos cumplían con las 3B: Bárbaros, Bestias y Buitres. ¿Nosotros? Carne de cañón.

El “Sindicato de pracs”, nuestro grupo de WhatsApp, era el único lugar de catarsis, de quejas y consultas. Al tercer día del encierro, Marthita preguntó si alguien sabía cómo quejarse por la cancelación repentina de un viaje al extranjero. Todos nos esforzamos en responderle. Pensamos que un familiar se le había quedado varado en algún aeropuerto foráneo. Inmediatamente, le pasamos los días y las horas de los vuelos humanitarios del Perú, con quién contactarse para obtener un cupo y, si no lo lograba, una extensa lista de los refugios a los que se podía acudir alrededor del mundo. Una estruendosa risa estalló de su teclado. “Es para mí, tontos”. “Los desconsiderados de la aerolínea acaban de cancelar mi vuelo a Suiza”. “¡Ya había organizado todo para ir a esquiar!”.

La bomba que soltó otro “prac” la salvó de mis insultos: la mitad de los asociados había renunciado y a otro buen grupo, que no era indispensable, simplemente los botaron. El rumor fue cierto. Les habían descontado la mitad del sueldo. No eran trabajadores, sino locadores. No tenían CTS, no tenían vacaciones. Y, encima, les mocharon el pago. Si le pides lo justo al socio-patrón, una patada en el culo y pa´fuera. ¡¿Qué se ha creído este?!

Quedarnos descabezados aumentó las tensiones. No pasó mucho tiempo para que un sobón metiera a Juan Luis Muñoz-Amador-Payar, socio mayoritario de la chingana, al grupo. Este chat que en sus buenos momentos nos sirvió de catarsis, fuente de memes y los más sabrosos stickers quedó, de facto, clausurado. El capataz se mandó con un rollazo sobre el compromiso y profesionalismo pero, lo más importante, sobre tener activada la función de “visto” porque “aquel que no tiene el compromiso de mostrar cuándo leyó un mensaje es mejor que se quede en su casa y ya no se moleste en volver cuando termine la cuarentena”. Luego de la amenaza, vino la tarea: nos pidió “hacernos cargo” de los clientes. Así, sin más. “Confío en ustedes”, concluyó.

Nadie pudo lidiar con el encargo. Era materialmente imposible. Si pensaba en el cliente A, también pensaba que tenía hambre. Si el cliente B me preguntaba qué ley aplicar, yo me preguntaba si mis viejos tendrían la plata para pagar este semestre. Si el cliente C me contaba sus preocupaciones, yo compartía la preocupación de querer irme volando a ver a mis papás, preguntarles cómo estaban, dejarles unas mascarillas, decirles a un metro de distancia que estoy más cerca de ellos de lo que creen.

Con las horas, mi cuarto se había convertido en un lugar minúsculo, ajeno, inseguro, caótico y hostil. No quería estar ni un minuto más allí; salí a la puerta lo más rápido que pude. Al fondo, La PUCP parecía una jirafa con el cuello erguido. Una jirafa tumbada, pero con el cuello del Mac Gregor permanentemente erguido, como si estuviera mirándolo todo, desde un panóptico.

Con el viento gélido soplando con violencia, miraba al vacío. Son tres pisos, haría mucho ruido. En ese momento definitivo, tuve un acceso de lucidez: debía buscar ayuda. El súbito temblor que subía por los pies y aprisionaba la garganta, se mezclaba con pensamientos caóticos sobre el futuro; sí, no podía seguir así, debía buscar ayuda, pero ¿dónde? ¿A quién, en esta ciudad de pronto desierta?

En ese momento confuso, creí que la mejor opción sería trepar los muros de PUCP e ir de frente al Mac Gregor, al panóptico; allí alguien podría estar, alguien podría lograr que me fuera de Lima, al lugar de mi infancia.

A punto de cruzar la Universitaria, una voz castrense me detuvo: Buenas noches, señor. Documentos, por favor. Le di mi DNI. ¿A dónde se dirige?, preguntó. Allá, le dije. ¿Dónde? Dónde mi familia. ¿No le entiendo? Quiero verlos, a mi mamá, mi papá, mi hermano, mis tías, mis primos, mis amigos, mis vecinos, mis amores, mi lugar, allá; no puedo seguir aquí, señor, ¿me entiende?

  • ¿Capitán?
  • Adelante, Ramírez.
  • Hay un civil desmayado en la Avenida Universitaria, a la altura de La Católica. Necesitamos una ambulancia. Urgente.

Imagen: Adaptación de “De Triomf van de Dood” (1562) de Pieter Brueghel, el 
Viejo, y de “The End of the World” (1851-1853) de John Martin, por Pedro Llerena.

Los hechos relatados y los personajes presentados en este espacio son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Enfoque Derecho no se solidariza necesariamente con los comentarios vertidos en este espacio.

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