J.H.H. Weiler. Profesor de la Cátedra Jean Monet sobre Derecho de la Unión Europea en la New York University. Doctor en Derecho Europeo por la European University Institute. Abogado y máster por la University of Cambridge.

Traducción e interpretación por:

Juan Alonso Tello Mendoza

No fue una gran sorpresa que Orbán haya usado el COVID-19 para desmantelar, aún más, los controles y equilibrios que son parte integral de cualquier democracia en funcionamiento. El 30 de marzo de 2020, con la autorización del parlamento húngaro (en el que el gobierno tiene una gran mayoría), se aprobó una ley que efectivamente otorgó al gobierno amplios poderes para gobernar por decreto. No es raro que, en tiempos de emergencia, el poder ejecutivo recurra a medidas extraordinarias, si bien en este caso, tienen un giro húngaro: la nueva ley es de duración indeterminada (aunque el Parlamento puede ponerle fin cuando lo considere oportuno, en el caso de Hungría, de facto cuando el Ejecutivo lo considere oportuno) y los poderes concedidos exceden los necesarios para tratar el COVID.

Más ominoso aún, junto con esa ley habilitante, el Código Penal fue enmendado, de manera permanente, para introducir dos nuevos delitos -castigables hasta los cinco años de prisión cualquier actividad que interfiera con el gobierno en el cumplimiento de su responsabilidad de emergencia y cualquier publicación que, «distorsionando la verdad», pueda alarmar a un gran número de personas- que imagino que podría significar cualquier publicación que contradiga la narrativa del gobierno. Considero que esta parte del paquete es mucho, mucho más perniciosa.

También ha habido informes sobre cambios gubernamentales en el paquete educativo de las escuelas, para que se ajusten a la visión gubernamental de la historia húngara y a los autores húngaros «apropiados».

Hungría ha profundizado aún más su «democracia iliberal» -jugoso oxímoron.

No es de extrañar que las redes sociales estuvieran llenas de (justificado) fuego y azufre, aunque la reacción oficial de la Unión Europea por parte del Presidente de la Comisión fue, a los ojos de muchos, bastante «suave» (la familia Demócrata Cristiana de la UE, que en este caso me parece que no es ni cristiana ni demócrata, realmente, necesita hacer un examen de conciencia).

Pero una característica de la popular red social fue -de nuevo-, no inesperadamente, como un jingle comercial: Orbán aquí, Orbán allá, Orbán, Orbán en todas partes.

Y aquí está lo que considero un problema real, tanto en el análisis de la situación como en la reacción a ésta. En nombre de la democracia, nos olvidamos de los fundamentos de la ontología democrática.

Primero, hay una irónica paradoja en este último acto. De todos los países, el que menos necesita poderes de emergencia para facilitar el funcionamiento de su Ejecutivo es Hungría. El desmantelamiento sistemático de la sustancia de la democracia liberal, aunque cuidadosa, pero artificialmente, adherida a la forma (esa es la estrategia y la táctica), significa que ya antes de la mencionada ley, el Poder Ejecutivo tenía una mano mucho más libre -de hecho, una mano totalmente libre- que la mayoría de los demás gobiernos. Y estas últimas medidas no son las más graves del proceso: la anterior emasculación de facto de un poder judicial independiente, por ejemplo, fue un asalto mucho más importante.

El verdadero punto, sin embargo, es que al decir una y otra vez Orbán, Orbán, Orbán (y no se equivocan, es vil), caemos en la trampa que refleja un malestar extendido en nuestro discurso democrático general de «desresponsabilizar» al Pueblo, la nación, al electorado. Orbán ha sido claro y transparente: declaró abiertamente, al mundo y a su electorado, que quería una «democracia iliberal» (para repetir, un oxímoron en mi vocabulario). Él, y los de su derecha, fueron elegidos con una mayoría significativa y, de manera enormemente significativa, fueron reelegidos incluso después de que la realidad de su régimen estuviera allí para ser vista por todos. Lo llamamos dictador. Pero ello es, paradójicamente, reconfortante; la imagen clásica que Dictador y Dictadura evoca es la de 10 millones de húngaros sufriendo bajo un régimen represivo con toda la parafernalia que ello conlleva: la llamada a la puerta en mitad de la noche, desapariciones, torturas, gulags, etc. Este no es el caso de Hungría. Afortunadamente, ni siquiera de cerca. Es, precisamente, que no sea Franco, ni Pol Pot, ni Ceausescu, ni los coroneles griegos, ni los generales argentinos, o que no haya Securitate ni Tonton Macoute y similares, lo que hace que el nuevo fenómeno, en el corazón de Europa, en la Unión Europea, sea tan desmoralizante.

No se trata de un régimen sobre el que se pueda decir que el libre albedrío del «pueblo» ha sido reprimido. Aunque los procesos de información y deliberación se han pervertido, ningún observador serio podría negar que él (y los que están a su derecha) gozan de un apoyo amplio y profundo de una mayoría significativa del electorado. El Parlamento, con su mayoría constitucional, es un reflejo más o menos exacto y verdadero de la voluntad popular. La mayoría de los parlamentarios que votaron a favor de estas y otras leyes anteriores, y el Presidente que las firmó, expresan la voluntad colectiva de una mayoría del pueblo húngaro.

Todos los intentos de evitar esta verdad increíblemente incómoda –ellos no entienden, los medios de comunicación están controlados, etc.- caen en la trampa de ese tropo marxista de la falsa conciencia, un tropo que expresa tanto la arrogancia como la falta de respeto. Aquellos en el pueblo húngaro que votaron por él -una mayoría sustancial- entienden perfectamente, al igual que usted y yo, de qué se trata, cuál es su visión del mundo, y la aprueban.

Ahora bien, todos sabemos, o deberíamos saber, la diferencia entre la culpa individual, que es, en efecto, individual, y la responsabilidad colectiva que una sociedad tiene que asumir –admirablemente articulada en el reciente discurso del Presidente de Alemania del 8 de mayo de 2020. Laudablemente y con la mayor integridad, como varios de sus predecesores, no recurrió a la ofuscación de «Hitler Hitler, no nosotros los alemanes».

Sí, hubo una minoría nada despreciable que votó en contra de Orbán. Y uno debe hacer todo lo que esté a su alcance para apoyarlos. Pero la democracia también significa responsabilidad colectiva. Observé lo mismo con Bush sobre Irak. Bush, Bush, Bush. Pero no fue simplemente Bush, sino que fue el pueblo estadounidense el que votó por él (dos veces aprobando retroactivamente sus políticas) y un Congreso que también aprobó sus acciones de forma abrumadora, ex ante y ex post. La responsabilidad de Iraq recae tanto en el pueblo estadounidense como en Bush. Hay un sinfín de ejemplos análogos, elija su favorito. Si Trump es reelegido en noviembre, no habrá excusas.

¿Por qué, entonces, todo el tiempo se trata de Orbán, Orbán, Orbán, y sin señalarse con el dedo también a los responsables de Orbán? ¿Por qué nos negamos a reconocer que Orbán goza de una legitimidad mayoritaria, aunque sea en un estado que ha dejado de ajustarse a nuestras nociones normales de democracia liberal?

Hay, en mi opinión, varias razones.

La primera, es que operamos bajo la falsa suposición de que, si es democrático, está bien. Qué falso. Si no es democrático es, ciertamente, malo. Como una tecnología de gobierno, obviamente, con todos sus defectos, consideramos que la democracia es indispensable. Pero lo contrario no es necesariamente cierto. Una democracia de gente malvada será una democracia malvada. Una democracia de personas (socialmente) injustas o indecentes será una democracia socialmente injusta, indiferente e indecente. Señalar con el dedo y condenar a quienes, si creemos en la democracia, deberían ser los primeros y los últimos responsables -los que eligieron y reeligieron a Orbán- no es faltar al respeto a la democracia, es lo contrario, es mostrar respeto a la democracia. Si no lo hacemos, en realidad le faltamos al respeto a la democracia.

La segunda, es que rehuimos a cualquier declaración que inculpe a la «gente», es decir, a los que no están en el poder. Siempre pensamos a la «gente» como titular de derechos y beneficios, y demás cosas buenas. No tenemos el hábito de hacerlos responsables. Pero en democracia ellos, nosotros, lo somos. Evitamos la responsabilidad colectiva, pero la esencia de la democracia es la responsabilidad colectiva. La democracia no es sólo para el pueblo, sino también por el pueblo.

Y como he señalado anteriormente, hay una diferencia entre la culpa individual, por la que los individuos deben ser juzgados sobre una base individual, y la responsabilidad colectiva del demos que constituye la democracia -siempre que su voluntad se haya dado libremente en elecciones, razonablemente, libres.

Y hay una tercera razón. «Orbanizar» el fenómeno e infantilizar a la gente que lo vota en masa nos sirve como dispositivo exculpatorio. Obvia la necesidad de hacer un serio examen de conciencia sobre los fracasos de nuestra democracia liberal a la que millones de europeos en todo el continente le dieron la espalda. Cuando repetimos como loros a Orbán, Le Pen, Salvini y otros compañeros de viaje, no necesitamos preguntarnos dónde nos equivocamos y podemos seguir disfrutando de nuestra santurronería moral. Esto no debe ser leído como ningún tipo de justificación para la «democracia iliberal». Pero no podemos permanecer complacientes cuando tantos en varios de nuestros Estados miembros parecen darle la espalda a la construcción europea y a los fundamentos de la democracia liberal.

Por tanto, señalar con el dedo no sólo a Orbán y a sus semejantes, sino también a las personas que lo pusieron allí libremente y apoyaron sus programas con sus votos, nos impondría también a nosotros el mismo imperativo moral de la responsabilidad democrática: reintroducirnos en una forma más honesta de democracia republicana, una forma a la que cada vez estamos menos acostumbrados.

Así que, reservemos el apelativo de Dictador a gente como Pol Pot o Franco. La última entrega de la saga húngara es otra gota de ese cáliz venenoso. Pero esto no es un golpe de estado militar. Y no está gobernado por el terror. Es un acto de autoasfixia democrática colectiva, de acción voluntaria, que podría haber sido detenido en las urnas. Llamémoslo como es, y esta llamada hace que la situación húngara sea cada vez más desconcertante: un vil líder apoyado por una mayoría significativa de sus súbditos.


Publicado originalmente en inglés en I-CONnect (International Journal of Constitutional Law)

Fuente de Imagen: elconfidencial.com

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