Robert P. George. Catedrático McCormick de Jurisprudencia y director del Programa James Madison en Princeton University. Doctor en Derecho por Harvard University y en Filosofía por Oxford University.

Traducción e interpretación por:

Juan Alonso Tello Mendoza

Tras la muerte de la jueza Ruth Bader Ginsburg, el presidente Donald Trump anunció que haría una nominación para llenar la vacante en la Corte Suprema. El líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, declaró que habría audiencias de confirmación y una votación sobre el nominado en el Senado.

El nominado será un conservador y, casi con toda seguridad, un jurista comprometido con la interpretación de la Constitución y sus disposiciones de manera fiel al sentido público original del texto. El presidente también ha dejado claro que se tratará de una mujer.

Los criterios conocidos y ampliamente aceptados para evaluar a los nominados son el carácter, el temperamento, el intelecto, la experiencia y la filosofía judicial. Según tales criterios, uno de los posibles nominados actualmente, es la jueza del Tribunal de Apelaciones de los Estados Unidos, Amy Coney Barrett, parece inexpugnable, probablemente imbatible.

Nadie duda de la inteligencia de la jueza Barrett. Es una destacada jurista que se graduó en la Escuela de Derecho de Notre Dame como la primera de su clase, y ha enseñado, y sigue enseñando, en su alma mater. Después de completar su educación jurídica, trabajó en la Corte Suprema -para Antonin Scalia-, donde incluso sus compañeros de trabajo, cuyas creencias políticas eran contrarias a las suyas, la admiraban. Uno de ellos, el distinguido profesor de la Facultad de Derecho de Harvard, Noah Feldman, la describió como «una brillante abogada».

En la selección de los secretarios judiciales, el juez Scalia se distinguía por dos cosas: elegir solo a los graduados más recientes e, intelectualmente, destacados de las facultades de Derecho, y contar en cada clase de cuatro secretarios con un «abogado del diablo» que no compartía sus opiniones políticas y jurisprudenciales.

Amy Barrett no fue la «abogada del diablo». Es conservadora. Por ello, muchos en el lado progresista de la política estadounidense se opondrán a ella pese a su brillantez. Por supuesto, se opondrían a cualquier nominado por Donald Trump. Y podrían razonar que un conservador brillante sería peor que uno menos dotado intelectualmente. Sea como sea, los conservadores, ciertamente, deberían querer un juez con los más altos dotes.

Algo que todos los estadounidenses deberían querer en sus jueces es una integridad incuestionable, y la jueza Barrett, indudablemente, cumple ese requisito. A lo largo de su carrera como abogada, profesora de derecho y jueza ha ejemplificado la excelencia de su carácter y la ecuanimidad de su temperamento. Al igual que sus dotes intelectuales, estas cualidades no están en disputa.

¿Qué hay de la experiencia? Tiene tres años como jueza de turno, no es mucha experiencia. Aun así, es más que la que tenía la actual persona del lado progresista de la Corte Suprema cuyas cualidades de intelecto y carácter se asemejan a las suyas, la formidable Elena Kagan. La Jueza Kagan no ha servido como jueza antes de ser nominada y confirmada en la Corte Suprema.

Algo que encomienda a los conservadores y, sin duda, al presidente, es que, la jueza Barret, como alguien aún en sus 40’s, podría servir en la Corte Suprema durante varias décadas, dejando una huella profunda y duradera en nuestra jurisprudencia constitucional.

Otra consideración a su favor es que la jueza Barrett llevaría diversidad a la Corte y al escenario nacional. Recordaría a los jóvenes talentosos de todo el país que no necesitan ostentar las credenciales de la Ivy League para llegar a las alturas del éxito profesional. Los ocho jueces actuales de la Corte Suprema tienen títulos de una de dos -y sólo dos- facultades de Derecho: Harvard y Yale. Amy Coney Barrett rompería ese duopolio.

Sería la segunda mujer republicana en servir en la Corte Suprema y la primera conservadora. Para las mujeres jóvenes que esperan tener éxito en el Derecho -o en la medicina, en la academia, en los medios o en cualquier otra profesión de élite- Barrett les recordaría que no hay una manera «correcta» de pensar para una mujer. Las mujeres son liberales, como Ruth Bader Ginsburg; moderadas, como Sandra Day O’Connor; y conservadoras. Eso es algo que todos los defensores de la independencia de las mujeres deberían alentar.

La jueza Barrett y su esposo tienen siete hijos, de edades comprendidas entre los 16 y los 5 años. Como alguien que se destacó como jurista y alcanzó la cima de su profesión como jueza de la Corte Suprema, Barrett sería un ejemplo para las mujeres que esperan combinar una vida familiar floreciente con una vocación profesional. Eso también es algo que todos pueden aplaudir.

Barrett también complicaría las suposiciones en torno al aborto que, tanto los que lo apoyan como los que no, deberían esperar que sean falsas. Los defensores del acceso al aborto argumentan, frecuentemente con pesar, que es el precio que debemos pagar por la libertad e igualdad de las mujeres; que es especialmente necesario en caso de «anormalidades fetales»; y, a veces, que sus oponentes –los provida-, apenas se preocupan por los niños después del nacimiento. La jueza Barrett cuestiona las tres suposiciones. Sería una réplica contundente a estas ideas si una reputada escéptica de Roe vs. Wade fuera una madre trabajadora de siete hijos, una madre adoptiva de dos (ambos de Haití), y una orgullosa y devota madre de uno con necesidades especiales.

Es obvio que la jueza Barrett no necesita preferencias especiales. En cuanto a carácter, temperamento e intelecto es la más cualificada. Pero al elegir al mejor entre los mejores, los presidentes pueden y deben considerar otras formas en las que un candidato podría contribuir a nuestra vida nacional. Hay una gran cantidad de éstas aquí.

Cuando la jueza Barrett fue nominada para el puesto judicial que ahora ocupa, fue víctima de la intolerancia antirreligiosa, incluso, deplorablemente, de algunos senadores en relación con la revisión de su confirmación. En un momento dado, la senadora Dianne Feinstein entonó infamemente a Barrett, hablando sobre la fe católica de ésta, «el dogma vive ruidosamente dentro de ti». Los católicos estadounidenses saben exactamente lo que una retórica de este tipo sugiere y ha sugerido históricamente. Implica que los católicos son peones del Papa, dispuestos -tal vez deseosos- de imponer las creencias católicas a los demás, y que no son aptos para ocupar cargos en una democracia pluralista.

A Barrett también se le difamó por la pertenencia de su familia a una organización carismática interreligiosa, la mayoría de cuyos miembros son católicos, que fue ridiculizada como una «secta». De hecho, es un grupo notablemente parecido a otros grupos carismáticos y pentecostales en todo el país, protestantes y católicos, cuyos miembros se dedican a la oración, el servicio y el apoyo mutuo. Cientos de millones de personas, no sólo en los Estados Unidos, sino también en toda África y América Latina, pertenecen a dichos grupos.

Una nominación de Barrett, tras una muestra tan grotesca de intolerancia anticatólica y antirreligiosa, podría clavar una estaca en el corazón de lo que se ha llamado «el último prejuicio aceptable entre las élites americanas». Eso es algo que toda persona de buena voluntad podría celebrar.


Publicado originalmente en inglés en Newsweek.

Fuente de la imagen: FiveThirtyEight.

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