Por Cuerdas Separadas

Me despegué de la almohada pensando que era domingo. O eso parecía. En todo caso, es domingo el día que no se trabaja. Puede ser que hoy sea miércoles o jueves. Lo cierto es que no tengo nada que hacer: ningún correo, ningún pendiente. Eso creo. El día sin urgencias es domingo. Hoy es domingo.

Las cosas que durante la semana desaparecen, se muestran ahora indelebles. Los platos y las tazas se imponen sobre los libros. Todas ellas más desgastadas, más descuidadas; con pátinas de polvo y suciedad. Los cubiertos y las sobras desperdigados por el escritorio compiten con los polos, medias y pantalones tirados en el suelo. Tanta dejadez se parece a ti.

Pero nada de lo que veo importa en este momento. Si no fuera porque entraba un poco de luz por la ventana, no me daría cuenta dónde estaba el celular y la mascarilla (tan celeste y contrastante con la parquedad de todo lo que había allí, incluyéndome a mí). Guardé el teléfono en el bolsillo derecho. Decidí salir a dar una vuelta, cueste lo que cueste.

Aunque vivo tres años al frente de la universidad y he pasado por allí sin darle mayor importancia, el parque del barrio se mostraba ante mí como un refugio contra la ciudad, luminosa y verde. En ese momento, la brisa tenue repartía aire fresco, silencio y nostalgia. Caminé un rato por la vereda. Me detuve al distinguir un pequeño diente de león. Con soberana lentitud me acerqué a apreciarlo. Pude ser testigo de cómo se desprendía cada semilla de la flor madura, y, en una danza oculta, huían flotando por el espacio. Una maravilla. ¿Por qué me lo perdí tanto tiempo?

¡Despiértate, oye!, pareció decirme el aleteo de un ave gigante que se posaba en el árbol más coposo. Con el estruendo vino otro: las más pequeñas echaron vuelos de resignación. ¿Qué estarán haciendo mis amigos en este momento? ¿Se acordarán de los paseos por este parque después de clases? ¿Nuestra inocencia rebelde para esconder el trago cuando escuchábamos las sirenas del serenazgo? ¿O cuando cruzábamos la Universitaria hacia la PUCP, totalmente zampados, a dar un control de mierda y luego salir disparados a seguirla? ¿Dónde están, eh? ¿Dónde? Preguntas sin resolver que me animaron a visitar la bodeguita del “Tío Alquimia”, así lo bautizamos, porque la chancha de cinco soles la convertía en un brebajín de Pepsi y ron, ¡cubita libre, chico!, decía siempre no sé quién, alzando el puño izquierdo.

El viejo dejaba ver sus canas entre la oscuridad del negocio. Permanecía con la mirada fija hacia adelante, a pesar de que lo llamé varias veces. Una virgen sin rostro era apenas iluminada por una vela misionera. Parecía el único objeto que podía tener alelado al tío. Esa escena me dio miedo. Me fui.

En la segunda vuelta al contorno del parque, me di cuenta que debía cruzar el marco de una puerta. Así, de pronto, en medio del camino, me aprestaba a pasar debajo del umbral. Corrí un poco la cerradura y pasé. Del otro lado, no había nada nuevo, continuaba la ruta eterna. Luego de dar unos pasos, vibró el teléfono.

La mano en el celular: el celular en mi oído: en mi oído una voz: en mi oído una voz que reconocía: en mi oído una voz que reconocía como la mía: en mi oído una voz que reconocía como la mía que me quería decir algo: en mi oído una voz que reconocía como la mía que me quería decir algo que quería escuchar: en mi oído una voz que reconocía como la mía que me quería decir algo que quería escuchar justo ahora y, entonces, habló:

Todo tiempo. Ningún momento.

Toda lucha, toda pérdida.

Todo encuentro con toda distancia.

Como toda tierra y ningún espacio.

O todo camino, toda risa, todo tiempo y

ningún momento.

Todos mis encuentros, pero todas mis

despedidas.

Allí,

en ningún lugar con todas sus esquinas,

fuimos todo y nada,

las dos cosas a la vez.

En la confusión y el deslumbramiento, las lágrimas descendían de sus cuencos hacia la desembocadura de las mejillas; el sabor salado en la boca parecía orientar el mensaje. Sembrado en el cuarto para cumplirle al jefe y otras convenciones más, ha hecho que me olvidara del otro lado de mi existencia; mis otras dimensiones pidieron atención en voz alta. Puedo subir las escaleras de la vorágine habitual, pero, ¿por qué?, ¿para qué si no es por mi propia consciencia? Escuchar hacia adentro para hablar hacia afuera. Sí, eso es.

Regresé a mi cuarto. Dejé el celular y la mascarilla en el escritorio. Sonreí. Me recosté al borde de la cama. Me abracé.

 

– ¡Carajo, me quedé dormido! Mi jefe me matará. Tenía que enviar el informe. 


Imagen: Adaptación de “Fiebre” (1910) de Hans Printz, por Pedro Llerena.

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