Alcances interpretativos en torno a la propuesta del aborto legal

Desde el punto de vista filosófico, la autora presenta algunos alcances interpretativos en torno a la propuesta del aborto legal

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Por Yazmín Cox, egresada de la Facultad de Derecho de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas 

Nunca se ha de pecar por la República: cuánta honra es para los estados el preferir lo honesto  a lo útil” 

Los Oficios. Cicerón 

Introducción

El presente artículo, que busca disponer al lector en comunión reflexiva en torno a la cuestión del aborto legal, tiene como causa responder al interés que ha despertado en la Región la aprobación de un Proyecto de ley que, sobre la materia, aprobara la Cámara de Diputados de Argentina el pasado 11 de diciembre del presente año. Los temas que aquí se discutirán no deben ser entendidos como un esfuerzo aislado en la historia de las ideas humanas, todo lo  contrario, invitamos al lector interesado revisar la nutrida bibliografía de carácter antropológico, sociológico, filosófico y legal que recoge en su seno discursivo la cuestión sobre la cual  pretendemos irradiar renovadas luces.

A manera de advertencia, conviene prevenir al lector que el camino por el cual será guiado busca recoger las distintas herramientas que a nuestras facultades ha ofrecido el estudio del Derecho  y la Filosofía. Consideramos conveniente a nuestro propósito el emprender un análisis holístico, con el fin de esbozar un entendimiento unificado que comprenda las dimensiones y contornos que, aunque reconocemos pobremente trazados, nos sirven de delimitadores de un tema que se nos revela nerval y socialmente sensible, a saber, la cuestión del aborto legal. Ahora bien, no  siendo nuestra voluntad otra que la de proceder en el modo señalado, nuestro análisis incluirá el abordaje de cuestiones de valor gemelo al medular como son los conceptos referentes a la vida y a la dignidad humana.

Aspectos generales

Toda discusión que verse sobre cuestiones legales requiere, a manera de preámbulo, partir de un claro reconocimiento y entendimiento de aquellos pilares que soportan la estructura socio legal de la vida humana en aquella condición política comúnmente conocida como Estado de derecho. Nuestra búsqueda sobre el origen de estos pilares nos traslada a las décadas posteriores a los iniciáticos albores de la edad moderna y a la lectura de las obras de prominentes filósofos tales como Thomas Hobbes, John Locke, Jean Jacques Rousseau, entre otros. Este último, publicó en 1762 la obra titulada “Du contract social; ou, príncipes du droit  politique”, traducida en Hispanoamérica como “El Contrato Social”. En ella, el autor persuade sagazmente al lector del idílico origen formativo de los primeros Estados; así como, de las  razones que sirvieron de aliciente a los primeros hombres para transitar del individualismo del estado de naturaleza (cuya vida se regía bajo el imperio de la fuerza) a la construcción política de su condición de ciudadano, morador de las modernas sociedades de cooperación bajo el gobierno de un Estado soberano1. Siguiendo a Rousseau, los bienes supremos o pilares que sirvieron de fundamento al acuerdo social, argumentados prístinamente en el Contrato Social, son: (i) la persona, y cabe señalar en este punto la defensa o protección de la vida humana, (ii) la libertad y (iii) la propiedad.

Los argumentos de Rousseau y Hobbes fueron amplia e incuestionadamente aceptados y se vieron elevados a la condición de axiomas como pedestales supremos sobre los cuales se erigieron las modernas Cartas Constitucionales. Poca importancia tiene el conocer acerca de la veracidad de sus argumentos en los hechos, pues el genio argumentativo impreso en el papel posee el peso suficiente para persuadirnos de su utilidad pública. Baste señalar que, aunque poderosos, la razón no fue suficiente para instaurar un cambio en el orden político por uno que armonice con los principios plasmados en el Contrato Social. Todo lo contrario, la jerarquía axiológica que defiende esta teoría se instauró en la historia de los pueblos a través de la fuerza, por medio de las revoluciones liberales. El triunfo de estas quedó parcialmente consolidado con  la rúbrica que unos pocos, en representación de los intereses generales, plasmaron en las  flamantes Constituciones liberales de los nuevos Estados.

La nueva tabla axiológica incorporó conceptos antes ajenos al interés de los tiempos. En los albores de la modernidad, no era un asunto de vulgar difusión los asuntos referentes a la  dignidad de la persona humana, a la igualdad de los hombres y a los deberes de los ciudadanos. Sin embargo, con el pasar de los tiempos, los escritos sobre estas materias se hicieron fecundos y se multiplicaron en abundancia; pero esta proliferación no fue de semántica homogénea, pues los conceptos asociados a los derechos del ciudadano se vieron reinterpretados bajo diferentes lentes al punto de ser usados en la defensa de posturas contrarias.

¿Qué promesas de futuro trajo al mundo el Contrato Social? La utopía del nuevo orden enarboló la bandera de las libertades civiles, la protección de la persona, el aseguramiento de sus propiedades y la instauración de nuevo orden político que confiara en los funcionarios públicos el secular honor de dirigir los destinos de las naciones, para hacer en su gestión proezas de gobierno que enaltezcan la condición humana; en suma, se prometió la felicidad. ¿Cuán dichosos no habrán estado aquellos hombres cuyas hazañas ganara, latido a latido, la edificación del  nuevo orden político-social? ¿Qué futuro de inagotables posibilidades vieron en sueños para las  futuras generaciones?

Nosotros somos los lejanos herederos de aquellos soñadores y, al igual que nuestros ancestros, aún atesoramos el anhelo de un futuro prometedor para la descendencia que nos sobreviva.  ¿Qué ha sido de aquella ansiada promesa que se imprimiera en las páginas del Contrato Social? ¿Se ha actuado en respeto a los principios de buena fe y del pacta sunt servanda que acompaña  toda manifestación de voluntad en los contratos (pues, recordemos que la unión de las fuerzas  individuales fue hecha en el convencimiento de que solo por el acuerdo se alcanzaría una  situación más ventajosa a los intereses privados)?

Las interrogantes planteadas sirven para motivar en el lector el interés de volver reflexivamente sobre el camino seguido por las naciones del mundo, poniendo especial interés en la marcha de nuestra nación, que se encuentra próxima a celebrar el bicentenario de su independencia.

Hemos mencionado tres conceptos que constituyen los tres pilares antes señalados. Ahora,  debido a los alcances del presente discurso únicamente nos centraremos en el análisis del  primero de ellos, la vida y la dignidad humana.

Aunque parezca insulsa la pregunta, en nuestro fuero interno debemos cuestionarnos lo  siguiente: ¿qué es la vida humana y qué debemos entender por la dignidad humana? Ambas cuestiones son el espectro refractado de un mismo pilar a la luz de la razón humana. Importa aquí traer a nuestra mente tales interrogantes, pues ambas han sido y siguen siendo usadas de justificantes para alcanzar cambios sociales por movimientos que enarbolan el pabellón del  progreso social.

La vida y la dignidad humana

Con el fin de seguir un mismo hilo argumentativo, quiero partir de una reflexión que impregnó su indeleble impronta la lectura de un párrafo del Discurso sobre la Dictadura de D. Donoso Cortés, el cual dejó en mi alma, entre otras, la siguiente interrogante: ¿son las sociedades hechas  para las leyes (“la legalidad siempre”) o son las leyes hechas para las sociedades (“todo por la  sociedad; la sociedad siempre”)? Nótese que las premisas que encierra la pregunta conducen a ideas que se bifurcan irreconciliablemente en la teoría y en la historia, pues anidan en ellas principios incompatibles asociados a fines opuestos.

Decir que la legalidad debe primar sobre las sociedades es aceptar una idea que camina de  espaldas a la tradición y, con ello, me refiero aquí a la conciencia de identidad (cultural) que es resultado de determinadas condiciones de existencia2. En otras palabras, preconizar la legalidad sin acudir a la fuente vivífica social que es la conciencia de una nación es caer en el máximo olvido histórico, por el cual rehusamos concebir las sociedades humanas como entidades orgánicas individuales, ya sea en cuanto a su identidad o en cuanto a las necesidades que le son propias. Es preciso recordar que, así como los individuos llegan a ser entidades irrepetibles, las sociedades son entidades vivas que se construyen a partir de la transformación que hacen de sí mediante la apropiación de su entorno. La legalidad por la legalidad, también nos conduce a tomar por benigna la imitación de las leyes vecinas bajo el entendimiento de que se puede conocer a priori aquello que es mejor para una sociedad. Asumir esta premisa repercute en la aniquilación del espíritu de los pueblos y en la ruptura de estos con su entorno, cuyo lazo es construido en el movimiento creativo que se da con el apropiamiento. Por lo señalado, no considero que sea esta la premisa que deba regir nuestra reflexión al abordar el tema del presente acápite.

Repasemos brevemente las consecuencias de adoptar la segunda premisa, a saber, el principio que reza “todo por la sociedad; la sociedad siempre”. Este principio, como ya se ha señalado, reconoce que las leyes deben promulgarse para regir sobre un determinado pueblo. Profundicemos en esto último, el legislador promulga una ley únicamente después de haber reconocido y tomado conocimiento de las condiciones de existencia de su pueblo, lo cual supone un problema para los legisladores de países pluriculturales como lo es el nuestro. El camino que se muestra al legislador, si bien no impide la observación de las leyes vecinas promueve, esencialmente, el aleteo de su espíritu creador. No hay una homogeneidad de naciones, aunque ese haya sido el objetivo de la globalización. Por lo tanto, al reconocer la diversidad no se puede pretender uniformizar mediante la dación de leyes las condiciones heterogéneas de la existencia de los pueblos que conforman una nación.
Esta reflexión inicial, si bien parece ajena a nuestro tema, resulta necesaria de cara a lograr un mejor entendimiento de los conceptos de vida humana y de la dignidad humana. Por un lado, no cabe duda de que todos tenemos un común conocimiento del valor teórico de estos conceptos. Pero, por otro lado, somos conscientes de que no existe un acuerdo universal sobre los alcances semánticos de ambos conceptos, solo tenemos opiniones generales provenientes de los diversos ramos del saber humano.
El concepto de dignidad humana enaltece en su sola formulación la condición del ser humano por sobre aquella de cualquier otro ser viviente. El ser humano es digno en su propia esencia, es decir, no necesita de nada externo a él que le dé este merecimiento. Ahora bien, cuando hablamos de la dignidad humana nos referimos necesariamente a un ser humano, del cual es predicado la vida humana, sea esta en potencia o lo sea en acto. Puede añadirse también que en su fórmula abarca la dimensión de su libre albedrío, o libertad; pero, de momento, solo diremos que la libertad está delimitada por el compromiso asumido y heredado, en tanto nacemos en una estructura política que nos precede, del Contrato Social.
Ambos preceptos alcanzan su síntesis en la formulación kantiana que afirma que todo ser humano es valioso en sí mismo, vale decir, que no puede ser considerado jamás como medio para otros fines ni objeto de ninguna vulneración. A propósito de ello, en 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó, en París, La Declaración Universal de Derechos Humanos “como un ideal común para todos los pueblos y naciones”3. En ella se declaró que “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona” (Art. 3). Nótese que el término empleado en la redacción española del documento es “individuo”; sin embargo, estamos ante una declaración alusiva a los Derechos Humanos, de donde se sigue que el término “individuo” es equiparable aquí al término “humano”.
¿Quién es humano y quién no lo es? Esta pregunta reverbera en los ecos de antiguos debates gestados a raíz de la ocupación de las tierras del denominado Nuevo Mundo. El tiempo nos demuestra que este debate no ha cesado, pues hoy, no es la condición humana (vida humana protegida) de nuevos seres en tierras inexploradas la puesta en duda, sino si la forma de vida que crece en el seno de una madre humana es una vida humana desde su génesis o lo es, solamente, a partir de un punto determinado de su desarrollo.
La ciencia médica y los legisladores nos hablan de seres viables y, en algunas latitudes, se ha dado la protección legal de ser humano, inviolable en su derecho a la vida, al feto que haya pasado las catorce semanas del proceso gestacional4. Tomemos por caso un hecho acaecido en Argentina el pasado 11 de diciembre del presente año. En dicha fecha, la Cámara de Diputados aprobó el Proyecto de Ley interrupción voluntaria del embarazo. En los fundamentos del referido Proyecto se lee que “el aborto legal es indispensable si nos proponemos construir sociedades más justas e inclusivas”. Se suma a este objetivo, el sustento de la cifra y de porcentajes que cuantifica la necesidad de recurrir a la aprobación del Proyecto bajo comentario. Además, también se ha recogido los argumentos legales de la protección de Derechos Fundamentales como son: los derechos sexuales y reproductivos, la dignidad, la vida, la autonomía, entre otros, son el fundamento legal de su necesidad.

El Proyecto, quiera verse o no, extiende sus efectos sobre dos vidas humanas, por un lado, la  vida visible de la madre y, por el otro, la vida oculta de la simiente humana en formación. Definir si la simiente es o no un ser humano nos parece un retorcido cuestionamiento que evoca los  debates de Sepúlveda y Las Casas, que no nos deberíamos permitir revivir en estos tiempos; sin embargo, además de esta razón rehuiremos el debate por tratar asuntos que superan nuestro  tema legal y nuestras capacidades.

Veamos aquello sobre lo cual sí podemos explayarnos, aunque sea brevemente, la relación  existente entre nuestra premisa que parte de pensar las leyes en función de las sociedades y el tema del aborto legal. Añado el término legal, pues el lector ya habrá comprendido que, de acuerdo con el Proyecto argentino, es la ley la que establece quién se encuentra bajo la protección del derecho a la vida y quién no; o, formulándolo con otros términos, es la ley la que define quién es un ser humano en función de plazos temporales, toda vez que hasta la catorceava semana es un elemento anexo de la madre, quien tiene la potestad de decidir si continuar con la gestación o interrumpirla en el acto. Entiéndase que el Derecho es usado como la vara que mide aquí la condición humana aplicando criterios que utiliza en los procedimientos internos administrativos, como son los plazos.

Partamos de una primera consideración que reposa en la asunción de que las leyes, el Proyecto argentino en el caso concreto, responden a las necesidades sociales de nuestro tiempo. Pues  bien, es harto conocido por todos los lectores cuáles son los supuestos por los cuales se solicita con urgencia la aprobación del aborto legal5; sin embargo, la legalización para este escenario no es un elemento disuasivo que desincentive la depravación o perversión de las conductas del perpetrador, quien, en desenfrenada búsqueda de sus propios placeres vulnera, sin misericordia, la integridad física e incluso la vida de sus víctimas. El aborto legal no es aquí un elemento preventivo ni mucho menos correctivo del acto, pues no recae en el victimario, sino sobre la víctima visible y la víctima en formación.

Otros argumentos serán esgrimidos en defensa de la vida de la madre, quien se vería obligada a soportar una carga impuesta por la fuerza, y, además, se dirá que forzar la continuidad del embarazo atenta contra su tranquilidad mental, toda vez que la gestación será el calvario recordatorio de la afrenta vivida. Este escenario es, sin lugar a dudas, uno desesperanzador, pero no por la decisión que pueda tomar la madre, sino por el olvido del significado de ser ciudadano que se manifiesta en la conducta del atacante.

Ser ciudadano no consiste únicamente en el gozo de los derechos civiles y el cumplimiento de las obligaciones a que nos somete la ley escrita. Esta forma de ser del Ser humano tiene una dimensión olvidada por el Derecho, a saber, la dimensión moral del concepto. El ciudadano se debe para sí, es inevitable en cuanto individuo con aspiraciones particulares, pero por encima de sí, el ciudadano se debe moralmente para su nación. El individualismo que se profesa hoy en día nos obnubila esta preciada máxima, antaño altamente valorada, de anteponer al interés particular el interés colectivo. Este olvido ha sido propiciado desde el mismo recinto Parlamentario. En el caso peruano, nuestros ancestros parlamentarios abrevaron de los principios foráneos que pujaban por separar el Derecho de la moral, esfuerzo coronado en las obras que a la fecha siguen siendo dictadas en los recintos académicos.

Los ciudadanos están llamados a defender las buenas costumbres de la sociedad que conforman, lo cual significa adoptar un rol activo en la corrección de conductas que atentan contra la probidad. Este rol no se limita al entorno más próximo, familiar o amical, sino que nos impele a observar celosamente el cuidado de las buenas costumbres de todo aquel que ingrese en nuestra esfera de influencia, sea en calles, oficina, transporte, entre otros. Proceder en esta  línea sirve para prevenir actos que nos lleven a pensar que la legalización del aborto sea un bie  para la consecución de sociedades más justas e inclusivas. Un tema cívico anexo al señalado lo constituye una adecuada y oportuna formación en métodos preventivos de embarazos; pero, sobre este punto, no ahondaremos en más detalle, pues existe abundante producción literaria  sobre el tema.

En el entendimiento de no haber agotado el tema, el presente discurso solo es una primera aproximación a una materia que requiere de un mayor detenimiento y profundidad, el cual corresponde ser realizado en otro tipo de trabajo académico. Sin embargo, el presente discurso ha servido para exponer cuestiones que nos parecen de importante recordación y que servirán para despertar el interés en sumar esfuerzos con el fin de repensar los axiomas sobre los cuales descansa la estructura legal que se encuentra vigente en nuestro país. La proximidad de ideas y latitudes nos lleva a pensar que temas debatidos en foros vecinos podrían ser prontamente discutidos en el nuestro. Cuando llegue ese momento, nos queda esperar que nuestros parlamentarios actúen en conocimiento de nuestra realidad histórica y no, únicamente, en interés de lo que se nos presenta con el velo de utilidad. La moral utilitarista no debe hacernos olvidar de lo honesto que, en palabras de Cicerón, procede de cuatro partes “(…) Porque, o consiste en la investigación y conocimiento de la verdad, o en la conservación de la sociedad  humana, en dar a cada uno lo que es suyo, y en la fidelidad de los contratos, o en la grandeza y firmeza de un ánimo excelso e invencible, o en el orden y medida de todo cuanto se dice y hace, en que se comprende la moderación y templanza”6.


Fuente de Imagen: BBC.com

BIBLIOGRAFÍA:

1 Véase J. J. Rousseau, Contrato Social. Según Rousseau, la razón fundamental para la libre asociación humana radica en “(…)  encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con toda la fuerza común a la persona y los bienes de cada asociado, y  por la cual, uniéndose cada uno a todos, no obedezca, sin embargo, más que a sí mismo y permanezca tan libre como antes (…)”.

2 Véase Guillermo Lumbreras, La configuración de la sociedad andina prehispánica. “Nuestras características, esto que se llama idiosincrasia, esto que se llama altura, esto que es el contenido de todas nuestras maneras de ser, el conjunto de expresiones a través de las cuales nosotros nos identificamos entre nosotros aquí, de afuera, es un conjunto de elementos que evidentemente no nacen sólo de nuestra voluntad; más bien corresponden a esta cosa que ahora nos resulta difícil de identificar, nos resulta difícil de ubicar, y que es este tema de la identidad (…) eso que llamamos civilización no es otra cosa que la capacidad que adquirió en el curso de su existencia el ser humano para transformar la naturaleza, hacerla humana, humanizar y darle forma antrópica (…) la nación no es otra cosa que la expresión social de lo que es un país. Y el país no es otra cosa que el resultado del conjunto de mecanismos de apropiación de la naturaleza que se van creando y generando a lo largo del trabajo”. Pensar en la sociedad, según Lumbreras, es pensar en la conciencia histórica de una nación unida en su tradición, elemento de su identidad, que es el resultado de las condiciones de su existencia, la cual se manifiesta en la creatividad para apropiarse de su entorno y crear así una civilización.

3 https://www.un.org/es/universal-declaration-human-rights/

4 Véase el Proyecto de Ley interrupción voluntaria del embarazo (Argentina).

5 Téngase presente que los alcances del Proyecto argentino no se circunscriben únicamente a situaciones en las que se constata la  comisión de estos lamentables casos; por el contrario, sus efectos son de amplio alcance.

6 Cicerón. Los oficios.

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