Autor Invitado

Mi papá estaba demasiado metido en mi educación y además era muy exigente. Revisaba todas mis tareas y después de corregirlas me dejaba ejercicios adicionales de matemática. Yo los resolvía bien y rápido, por lo que poco a poco comencé a adelantarme a los temas que veía en clases. Algunas veces me equivocaba o me quedaba estancada, pero mi papá era un bello, nunca se molestaba, me ayudaba y me daba ánimos. Quizá por eso nunca tuve anticuerpos a estudiar, a sacar buenas notas, a ser chancona. 

Sí, creo que a la larga me hubiese saturado, pero cuando tenía 11 años mis papás se divorciaron. Pasé a ver a mi papá solo los fines de semanas y aunque me decía que estudie ya no se metía como antes. Yo igual seguía sacando buenas notas y estudiaba sin necesidad de que me lo pidieran. Ganaba siempre este premio al rendimiento académico y mi mamá decía en todas las reuniones familiares que yo iba a hacer grandes cosas. Me pedía que hable sobre historia y como a mí que me gustaba hablar de eso, hasta ahora me gusta, pues yo feliz. 

Entonces llegó la universidad. Meses antes de que empiece a postular mis papás se juntaron para hablar conmigo. Recuerdo que mi mamá dijo que yo tenía todo para ser embajadora o ministra, y por eso creía que debía estudiar Derecho, pero que la decisión era mía. Mi papá me pidió que elija bien, que era una elección que iba a definir mi futuro. 

¿Tú sabes cómo es esa presión? Esa que no viene de una orden directa, sino en la que te dicen que puedes elegir pero cuando te acercas a una opción que no quieren se ponen tristes y en cambio cuando te acercas a la opción que ellos quieren se alegran y te sonríen. Ya, eso sentí mientras pensaba en qué carrera escoger. Que “elija bien” me dijo mi papá; el problema es que para ellos elegir bien era escoger ciertas carreras y otras no. Yo pensé mucho qué estudiar, pero en realidad en ese momento ninguna carrera me llamaba particularmente la atención, por eso elegí Derecho. 

Y en la universidad conocí la verdadera competitividad. Lo del colegio es nada comparado con la universidad. Hay gente que se toma muy en serio los estudios. Muy en serio. Conoces gente capa, que la tiene clarísima, que es demasiado responsable. ¿Qué haces entonces? No sé cómo explicarlo, pero sientes algo que te dice que no puedes quedarte atrás, que no sería justo que te quedes atrás, porque tú igual que ellos eres inteligente, responsable, con las ideas claras. Y entonces también te tomas muy en serio los estudios. Y entonces también compites. 

Yo, sí te he contado, he sido directora de una revista, parte del equipo del MOOT de derechos humanos, y también asistente de docencia. Creo que todo eso me ha servido, y creo que aprendí muchísimo, pero la verdad no me metí a esas cosas por querer experimentar, por verdadera curiosidad. Fue por el miedo de perderme de algo, por temor a dejar pasar algo importante o valioso o una puerta para otras oportunidades. 

¿Las prácticas? Todo empieza cuando te enteras de que algunos de la prom ya empezaron a practicar. La gente comienza a hablar de los estudios, de los estudios más grandes, de las mejores boutiques. Esto en realidad pasa desde segundo ciclo de la carrera creo, pero entre el tercer y cuarto ciclo es que se vuelve el tema. En dónde estás practicando se vuelve una pregunta común y la respuesta cambia en algo la percepción que tienes de la otra persona. 

Yo entré primero a una empresa. ¿No sabías? Jajaja pues no, no toda mi vida he estado en “la mejor firma del país”, como tú le dices. Primero estuve seis meses en una pesquera. Empecé ahí porque mi tío me recomendó; yo estaba recién acabando segundo ciclo y pues acepté. Fue una experiencia bonita, el jefe del área legal era muy buena persona y entre los del equipo había un clima familiar por así decirlo. Además de eso pude conocer gente que no era abogada o estudiaba Derecho, lo que me gustó mucho. Y para colmo, la carga laboral era suave, incluso en verano que no tenía clases respetaron mis horas. Quizá los mejores seis laborales que he tenido, en serio. 

En realidad, creo que por eso me chocó un poco cuando entré a mi cárcel actual. No te rías, de verdad. Es que no pensé que iba a ser tanta la presión, y aparte se espera que todo salga perfecto y de manera rápida. No hay pretextos, ni siquiera el hecho de que acabas de empezar ahí es una excusa. Pero yo me adapté bien, me acoplé y hacía buen equipo con mis jefes directos. 

La competencia es dura, aunque eso no es nada nuevo. Pero hay otra cosa. En la universidad casi nunca sentí un trato diferente, pero al practicar sí fue distinto. Había, cómo decirlo, como un tonito de condescendencia en la forma en que algunos abogados me pedían cosas, en la forma en cómo me daban instrucciones, en un leve matiz de sorpresa o incredulidad cuando les presentaba los encargos. Es algo que se nota en la entonación, en los gestos, que transmite como que duda de si vas a poder hacerlo tan bien como ustedes, los hombres. Por eso sentía que debía esforzarme más, hacerlo todo excelente, porque la vara está más arriba, ¿me entiendes? 

Entonces el tiempo pasa y como haces las cosas bien te contratan y luego acabas la carrera. Tienes que sacar el título. A mí me parece inviable pedirle a alguien que está de asistente en un estudio que se titule por tesis. Simplemente no es posible, ¿Te imaginas? O sea tomaría mínimo 2 años. En el seminario de investigación había encontrado un par de temas de historia y derecho que realmente me interesaban. Pero no había tiempo. Al final hice lo más eficiente entre comillas y me titulé sustentando dos expedientes. Me dije que no había problema, que después podía investigar sobre los temas que me interesaban y escribir un artículo o algo. De eso ya 5 años y ningún artículo. 

Como abogada las cosas cambian. Te pagan un sueldo más que aceptable y entonces sientes que tu trabajo es valorado. Pero a cambio esperan compromiso absoluto. Ya no hay clases en la universidad ni nada que te impida dedicarte de lleno al trabajo. Entonces los ámbitos de tu vida como que se subyugan, dependen del tiempo libre que te queda después de trabajar. Todo gira en torno al Estudio. Y hay días malos, y seguido. Cuando todo se acumula, cuando estás en medio de un Due Diligence jodido y te dicen que te van a meter a otro deal y a la vez las consultas “pequeñas” se van acumulando. Hay gente que sabe lidiar muy bien con la ansiedad; creo que por fuera yo también porque aún con todo encima puedo avanzar rápido, seguir con la cabeza fría, no desesperarme. Pero por dentro termino agotada, un cansancio en la disposición, en las ganas de hacer nuevas cosas, en el entusiasmo. Eso es lo que yo siento. 

No me acostumbro a los días malos. Creo que nunca me acostumbraré. Quisiera decir que cuando llegue a ser senior se hará más manejable, pero mi jefa es socia y trabaja casi tanto como yo. Los domingos a veces me cruzo con ella, ¡hasta trae a sus hijos! Creo que yo no podría. No podría con tanto, con tener una familia y también seguir trabajando en este lugar. No quisiera nunca, como me contó una abogada, llevar a mis hijos al cine y dejarlos con la empleada y yo salir de la función para ponerme a trabajar esas horas. 

Y durante esos días en que todo se junta, mientras sientes que te ahogas, llega un punto en que te pones a pensar: ¿por qué estoy haciendo esto? O mejor, creo que la pregunta podría ser qué viene después. Porque básicamente es eso. Trabajo casi todo el día de lunes a viernes y al menos la mitad de mi domingo. ¿Para qué? ¿Hacia qué? ¿Qué es eso que logro por sacrificarme así? Ya, un día después de terminar el año mi jefa me llamará y me mostrará mis cifras de rendimiento, me felicitará por las ¿180? ¿190 horas facturadas en promedio por mes? Y me dirá a cuánto asciende mi bono. Claro, ese día te sientes bien; pero el costo es que tu vida sea terrible todo el año. Que básicamente estés esperando las vacaciones o los feriados largos para viajar y despejarte y olvidarte del trabajo. Eso no es sano. No es sostenible. 

Si la pregunta es por qué hago todo esto, porque me esfuerzo tanto, una respuesta podría ser que este es el camino para llegar a ser socia. Pero… ¿cuándo decidí que quería ser socia? O sea, en qué momento en mi cabeza dije ya, voy a hacer esto, voy a darle prioridad a mi trabajo, porque en el futuro podré ser socia del Estudio. La verdad es que nunca pensé eso. Bien por los que tienen esa motivación. Yo, siendo sincera, no la tengo. Una vez me preguntaste por qué elegí trabajar en un estudio. En cierto modo, yo no escogí. 

Pero estoy aquí. Tampoco me veo en otro lado. Me gusta la historia, el diseño de interiores, a veces pienso que pude estudiar Arquitectura, pero ya estoy aquí, ¿sabes? Tengo algo, cómo decirlo, algo asentado. Es aquí dónde puedo lograr algo. Lograr algo… aunque no sé si es eso lo que quiero. Porque sacrifico cosas importantes. Porque no sé cuántas otras cosas podría hacer si el trabajo no consumiese todo mi tiempo y mi energía. Porque una de las cosas que más daño me hacen es esta idea de que tengo que ser alguien en la vida. 

Pero bueno, así son las cosas. 

¿A dónde vamos a ir a cenar?


Articulo publicado en: blog.pucp.edu.pe/blog/grivas/2021/10/25/purpose/?fbclid=IwAR1ONDPPnDwrDDtSwC-97r2jqGZSpC86MBZdcKwwRjNnrU7e9NCeBh8HdLM 1/4

Imagen: https://www.wallpaperup.com/1322163/arte_rostro_mujer_abstracto.html

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